La prensa dice

24 mar
2010

Los misterios de París, por Lilian Neuman

En 1941, en la Francia ocupada por los nazis, el detective Néstor Burma es un tipo que ya es leyenda: el típico cabeza dura que fuma en su histórica pipa, aunque esté en una cama del hospital militar. Días después, Burma está a punto de dejar la ciudad de Lyon cuando, entre las brumas del andén, desde su ventanilla, ve aparecer a su fiel colaborador en su agencia de detectives parisina Fiat Lux. Cuando Burma lo descubre entre el gentío, grita su nombre con una mezcla de urgencia y felicidad. Así era la guerra, y así se gritaba el reencuentro con alguien de los tiempos en que la vida era normal. Burma acaba de ser liberado de un campo de prisioneros alemán, sobrelleva ese largo viaje bajo la Francia de Vichy y, todavía, le aguarda el París ocupado, con sus zonas oscuras, y esos letreros que prohíben el paso a los judíos.

El tren se aleja, pero a Burma no se le ha escapado, en aquel andén, la figura de una bella mujer acechando desde un rincón. Y, mucho menos, la imagen de su antiguo colaborador abatido por la espalda, cuando le transmitía un mensaje que él ya había recibido días atrás.

Léo Malet nació en 1909 en Montpellier, vivió ochenta y siete años y hoy es el padre de la novela negra francesa (y predecesor de las novelas en tiempos de guerra de Alan Furst). ¿Se imaginaría esto cuando era un adolescente huérfano en las calles de París, frecuentando el anarquismo y, años después, entre oficios varios, el grupo surrealista? Un día se propuso contar los misterios de París paso a paso, situando cada historia en un arrondissement. No cumplió con todo el plano de distritos, pero Burma protagoniza más de treinta novelas, y es de esperar que Asteroide siga adelante con esta notable recuperación.

A Burma y a Malet les pasaron cosas parecidas. A los dos en su juventud los echaron de los bares por no tener para pagar la copa. Los dos se ganaron París, glorioso también en Niebla en el puente de Tolbiac, a fuerza de caminar y de pasar el mismo frío, para afirmar, muchos años después: "El hombre que no fue anarquista a los dieciséis años es un imbécil". Y también para describir la ciudad con detalles que no pueden olvidarse: la imagen de esa vieja vendedora de periódicos, envuelta en sus ajados chales, las manos cubiertas de mitones de lana que dejaban asomar sus dedos ennegrecidos por la tinta de imprenta.

En esta novela ya estamos en los años cincuenta, en plena guerra de Argelia y con ese aire frío e inclemente. "Un sol amarillo lamía las acacias descarnadas de la calle Tolbiac". Por allí anda Burma, que ha recibido una llamada del pasado -de su pasado anarquista- y la llamada de un amor sorprendente con una muchacha gitana. Burma tiene un humor que no puede calificarse de ácido, o desencantado. "Me he pasado la vida rodeado de fenómenos. Guardo una hermosa colección de ellos entre mis recuerdos." Gran admirador de las mujeres, guarda un archivo lleno de fotografías de Marilyn Monroe.

Vale la pena llegarse hasta la Biblioteca Jaume Fuster de Barcelona. Allí, durante todo el mes de marzo, aguarda Néstor Burma llevado a cómic por su mismo autor y por Jacques Tardi. Libros portentosos publicados por Norma en los que vemos a Burma expresivo, gracioso y fiero, siempre jóven aunque se haga mayor: Burma entre brumas, en una fiesta privada donde está la jovencísima actriz Simone Signoret, o adentrándose por una negra calle. Qué tiempos aquellos, aunque la portera de Burma gritase: "¡Pobre Francia!¡Cómo la están dejando!"

La Vanguardia (Culturas)