La prensa dice

1 feb
2007

Lo que Maxwell sabía, por Roberto Valencia

No les faltará razón a quienes lamenten que el talento de William Maxwell haya soportado durante años el eclipse ejercido por las carreras literarias de los autores a los que él mismo contribuyó a encumbrar. Pero esta coyuntura también se puede examinar desde la perspectiva opuesta: la riqueza de la literatura norteamericana del siglo XX alcanzó tal magnitud que pudo permitirse el lujo de confinar a un autor de la finura de William Maxwell al departamento de correcciones de una editorial. Esta circunstancia no incidió en una merma de calidad y cantidad de su producción.

Quizás nunca sepamos cuánto de él esconden secretamente los textos de esos colosos a los que Maxwell ayrrdó en la cornpleja labor de asesoramiento y corrección -Cheeve¡ Updike o Salinger-, pero gracias a la edición de Libros del Asteroide (impecable en la elección del tamaño del libro, de su formato y de su tipografía), podemos testar su maestría. A la luz de lo que revela Vinieron como golondrinas, el de Illinois conocía perfectamente su oficio, en su aplicación como editor y en la gestación de un legado que portara su nombres. Y es que dan ganas de atribuirle a esta obra rango de perfección. Nos encontramos ante un texto que posee sutileza y claridad.

Sencillezy hondura.

La novela descibe el equilibrio -o, más bien, el desequilibrio- de una familia norteamericana acomodada. El libro está estructurado en tres secciones, cada una de ellas dedicadas a los elementos masculinos del clan: el padre, James; el hijo de ocho años, Bunny; y su hermano mayor, Robert. A Elizabeth, la madre, no la ilumilumina el foco directo de la narración. Sin embargo, se erige como la auténtica protagonista del texto, porque constituye la figura que asegura la supervivencia emocional de los hombres, sosteniéndolos con su prudencia y madurez. Los tres segmentos están contados en estilo indirecto libre, y diferenciados cada uno con un tratamiento literario propio, aplicado al carácter de cada personaje. Del pequeño Bunny, Maxwell describe su geografía interior, un territorio donde la luz se despliega gracias a una fantasía infantil que únicamente se activa en los momentos en que se siente protegido por su madre. A Robert, el hijo mayor, rnutilado de una pierna en un accidente, Maxwell lo concibe nervioso, inquieto, fulgurante, capaz de sobrepasar su impedimento físico aunque trabado por la angustia de saberse distinto. Iames, el padre, es autoritario y falsarnenteautosuficiente, y aparece parapetado en su condición masculina como una figura equívoca, cuyo aplomo se sustenta en las convenciones sociales y no en el desempeño de un papel rector en el seno familiar. La estudiada yuxtaposición de estos tres segmentos prepara un drama que se ve aproximarse gradualmente gracias al conocimiento desplegado sobre el flujo de los afectos en torno a la madre y sobre la naturaleza de unos conflictos interpersonales que llegan directamente desde la conciencia de los personajes. Esta estructuración narrativa evidencia cómo un leve hilo argumental puede adornarse con una eficaz mampostería estilística para levantar un edificio pequeño, pero de proporciones asombrosamente naturales. A esto ayuda la prosa microscópica de Maxwell, que se detiene en los detalles, en las palabras sugeridas y escuchadas por azar, en los sentimientos que genera el centro rotor materno. De esto modo, el texto fluye con una suavidad apropiada al ámbito doméstico en el que se inscribe el texto.

Con esta novela, Maxwell cartografió a la perfección los sentimientos masculinos, siempre insertados en una madeja oculta de culpabilidad, incertidumbre e inseguridad. Su significado, en un momento en que el feminismo aún no se había constituido plenamente, resulta hoy día diáfano a la hora de erigir un homenaje a la labor callada que siempre han desempeñado las madres en el ámbito familiar. Además, despliega una astuta reflexión sobre el traumático tema de la dependencia emocional.

Quimera