La prensa dice

13 nov
2010

Las voces del horror, por Sergi Doria

El genocidio de los jemeres rojos en Camboya -dos millones de asesinados sobre una población de nueve- no ha contado con la divulgación histórica que su trágica dimensión merecía. La mala conciencia de los norteamericanos con su torpe política apoyando el gobierno corrupto de Long Nol que abrió las puertas a los serial killers de Pol Pot y la desconfianza occidental hacia el Vietnam comunista que derrocó al régimen jemer, no han contribuido a que ese terrorífico episodio sea conocido por las nuevas generaciones. Como honrosa excepción, Los gritos del silencio, oscarizada en 1984. Su guión nació del reportaje de Sydney Schanberg, periodista de The New York Times, que narró las experiencias del superviviente Dith Pran y que mereció el Pulitzer de 1976.

Treinta kilos de peso

En abril de 1975 los jemeres rojos entraban victoriosos en Pnom Penh... Cuatro años después, Denise Affonço arribó a París con treinta kilos de peso tras un cautiverio donde perdió al padre de sus tres hijos y a su hija Jeannie; lo primero que hizo fue ponerse a escribir unos cuadernos: era la base documental de El infierno de los jemeres rojos, testimonio sobre la utopía criminal de Pol Pot, aquel alumno aventajado del maoísmo en la Sorbona.

De padre francés y madre vietnamita, Affonço era secretaria de la embajada gala en la capital camboyana. Deportada a la jungla, vio cómo Angkar Leu, la plana mayor jemer, asesinaba a su marido junto con otros intelectuales y profesionales considerados "esbirros del capitalismo". La intentaron matar de hambre y enfermedades de las que no podía curarse por falta de medicinas. El proyecto genocida de "hombre nuevo" se traducía en diez mandamientos. Tras destruir lazos familiares y romper las fotografías, cada prisionero debía: "Ser reformado por el trabajo. No robar. Decir siempre la verdad a Angkar. Obedecer. No expresar sentimientos, alegría o tristeza. No sentir nostalgia del pasado. Mo pegar a los niños, porque ya no le pertenecían: eran los niños de Angkar. Nada de quejarse. Hacer autocrítica en público en las reuniones de adoctrinamiento..." Además del inhumano decálogo, quedaba prohibida la ropa de colores: se debía vestir de negro. Nada de maquillaje ni uñas largas, cabezas rapadas. Prohibidos zapatos o sandalias. Prohibidas las gafas, consideradas símbolo del intelectual capitalista. Prohibido cruzar una pierna sobre la otra al sentarse. Trabajo de sola sol, sin festivos. Dos comidas: mediodía y noche. Abolición del comercio y del tratamiento de "señor" o "señora". única lengua, el jemer: prohibidos el francés, chino o vietnamita. Cualquier cosa servía para engañar la hambruna: granos de sal gruesa y agua fría en el estómago en ayunas.

Izquierdismo de salón

En enero del 79, Denise Affonço consiguió escapar con su hijo: "Hace cuatro años que me alimento de cucarachas, de sapos, de ratas, de escorpiones, de saltamontes, y termitas para calmar mi estómago hambriento" anotará en su cuaderno. Después de su temporada en el infierno jemer, hubo de soportar en el exilio francés la ignorante pedantería de un profesor que negaba el genocidio camboyano. Los jemeres rojos, le espetó el progre parisino, "sólo hicieron bien a su país". Cuando los vietnamitas liberaron Camboya, solamente el Camarada Duch había ejecutado a cuarenta mil personas. Montañas de ropa, huesos y cráneos; aulas reconvertidas en jaulas de tortura. Fotografías de las víctimas: la mirada del miedo con un número colgando del cuello.

Entre la indiferencia norteamericana y la idiocia europea, con su izquierdismo de salón, quedaba la responsabilidad de recordar a los muertos. Pol Pot no llegó a sentarse en el banquillo de los acusados: moriría en la jungla en 1998, veinte años después de la gran masacre. En la edición francesa de 2005, Denise Affonço dedicó su memorial a la hija de nueve años, muerta de hambre. A los desaparecidos o enterrados "en las profundidades de una jungla inhçospita". Como dijo el foto periodista Dith Pran antes de morir en 2008: "Si Camboya sobrevive necesitará muchas voces."

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