La prensa dice

19 feb
2009

La particularidad china, por Roberto Valencia

Harry Wu, un ejemplar estudiante del Instituto de Geología de Pekín, fue arrestado en 1960 bajo la acusación de derechista. La detención la motivó el hecho de que su padre había trabajado en un banco extranjero en tiempos anteriores al régimen socialista, y también fue debida a la temeridad del propio Wu, que en un comité de estudio comunista realizó unas pocas sugerencias sobre los aspectos que a su juicio convenía cambiar del sistema. Sin juicio, sin condena, sin apelaciones, sin información, fue internado en uno de los campos de trabajo del Laogai chino, donde penó más de veinte años antes de su liberación.

Como se ve, no se trata de un error burocrático ni de un ajuste de cuentas. Tampoco de un sedicente al que había que aislar. Se trata de algo más abstracto. El sistema comunista consideró que para que la revolución anegara plenamente el alma de sus ciudadanos, cada uno de ellos debía de entregarle su trabajo y fidelidad, sí, pero también había de erradicar la libre facultad de pensamiento, a fin de prevenir fisuras en el hormigón armado del sistema. La tarea de que los ciudadanos de China reprimieran su libre albedrío y asimilaran los dogmas de la Revolución recayó en funcionarios locales y en miembros del Partido, que se encargaron de hacer funcionar grupos de adoctrinamiento, sí, pero también de vigilar el comportamiento de todos los camaradas. Ahí es donde se materializó el gran plan. La utopía pedagógica, la extensión del catecismo maoísta finalizaba por fuerza en la acción de un compañero de facultad egresado en el Partido que podía promover el encierro en una cárcel del Estado o en un centro de reeducación durante veinte años de cualquier persona si consideraba, desde su poste de vigía, que su comportamiento público o privado le prefiguraba como un enemigo en ciernes de la Revolución. La laxitud del criterio permitía en la práctica hacer eso mismo si al delegado del partido no le agradaba que -es un ejemplo: la envidia- alguien estuviera sobresaliendo en los estudios o simplemente -es otro ejemplo: los celos- le hubiera robado una novia. O, mucho más difuso, permitía el arresto de cualquier si dentro de los estrechos márgenes de libertad que concedía la ortodoxia del credo oficial, se verificaba un compromiso no todo lo nítido, lúcido y puntual que se presuponía. Aquí empezaba el verdadero adoctrinamiento político del sistema, y en ese mismo punto se inició el terrible periplo de Harry Wu por cárceles y campos de trabajo en los que padeció toda suerte de vejaciones y vio morir al margen de cualquier justicia a muchos de sus compañeros presos.

La pregunta que surge al leer el terrible testimonio de Harry Wu es si el intento de materializar una empresa a priori tan noble como la utopía socialista necesita forzosamente de correctores represivos como el Gulag o el Laogai. Es decir, si utopía y control conforman caras de una misma moneda, o es que en todos los casos del ensueño socialista -URSS, China, Cuba, etc.- se le añadió algo postizo y maligno, pongamos que por debilidad, pongamos que por torpeza. Esa es la pregunta. Para calibrar una respuesta cabal hay que recurrir al relato de los acontecimientos. Y aquí es donde el relato de Harry Wu muestra que la utopía está firmemente reñida con el poder porque se hermana con bastante presteza con sus inmensas capacidades de corrupción. Y también, y esto es bastante importante, está enfrentada a la sensibilidad. Más perfecta que solidaria, más inaccesible que eficaz, la utopía tomó en China la forma de un monolito resplandeciente que había que venerar y cuya mácula debe mantenerse inmaculada por todos los medios, aunque esos medios implicaran ríos de sangre. Esta consecuencia, se ve fácilmente, rompe el silogismo perfecto, porque si para que hombres y mujeres sean iguales en beneficios sociales hay que reprimir buena parte de sus facultades a fin de posibilitar la deseada magnanimidad estatal, entonces es que la utopía ha dejado de resultar benéfica. Esto no lo quisieron reconocer ni las élites socialistas soviéticas y chinas -corruptas, crueles y paranoicas- ni los mandos intermedios e inferiores de los distintos Partidos Comunistas, que se congratularon del día a la mañana de ser los depositarios de un poder que les embargó por completo. El terror de Estado, el miedo a que la perfección del sistema se resquebrajara y el libre cauce de maldad desatado en cada ordenamiento colectivo impidieron no sólo que la autocrítica germinara en los distintos sistemas comunistas sino que durante años se viviera en su seno en un espejismo fatal. El libro de Harry Wu permite encauzar esta reflexión porque su relato, detallado en ese cruel itinerario de sufrimiento y sinsentido, posee el suficiente grado de sagacidad como para que los lectores entrevean la gran lógica que propicia un sistema tan cruel. Lógica que no es sino una inmensa esquizofrenia colectiva y un credo corrompido que exige el combustible del dolor para mantener la farsa bien lubricada.

Archipiélago, núm.83-84