La prensa dice

7 may
2008

La fealdad de la torre Agbar, por Antonio Baños

El escritor israelí Yoram Kaniuk habla de su natal Tel-Aviv en un debate de ciudades mediterráneas.

En el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) se juntaron para hablar de la más vieja de las zonas del mundo. En una serie de debates sobre las ciudades de Oriente Próximo, trajeron al escritor israelí Yoram Kaniuk, que acaba de publicar dos libros en castellano ("El hombre perro" en Libros del Asteroide, y la novela juvenil "Wasserman: historia de un perro, en Siruela). Como maestro de ceremonias, el profesor Fred Halliday, especialista en relaciones internacionales. Una simpática pareja: Kaniuk, nacido en 1930, con chupa tejana y un aire a Bernie Ecclestone, el capo de la F-1. Halliday, con americana mostaza digna de Miami Vice es un hombre robusto y coñón. El tema del acto era Tel Aviv, lugar natal del autor israelí conocida como la ciudad blanca por la multitud de edificios de estilo Bauhaus erigidos cuando miles de judíos alemanes tuvieron que dejar Centroeuropa por motivos de salud, básicamente.

La narración de Kaniuk, de cómo nació su ciudad y como la siente, tuvo el encanto y el humor trágico de los relatos yidis de un Isaac Bashevis. Explicó que la urbe nació como un cementerio donde enterrar a los muertos de una epidemia de la vecina ciudad de Yafo: "Así que en Tel-Aviv la gente primero murió antes de nacer, concluyó. Una localidad creada ex novo en un lugar desértico y de clima imposible. El niño Kaniuk recordaba cómo llegaban los inmigrantes alemanes, vestidos con gruesos abrigos y cómo se pasaban los días castigando sus retinas ante el esplendor del Mediterráneo. "Se les veía tan tristes que uno pensaba que se irían nadando de vuelta hasta Berlín, evocó.

Kaniuk nos dejó un último microrrelato magistral: "Hace tres años estuve enfermo. De hecho dijeron que estuve 12 días como muerto. Evidentemente no los recuerdo, ya que estuve muerto. Desde la ventana del hospital veía el horrible edificio del Ministerio de Defensa israelí. Creía que era el edificio más feo del mundo, pero he visto que en Barcelona tenéis uno peor (la torre Agbar). Pensé que si nos tiraban un misil el hospital se destruiría, pero que esa mole de hormigón resistiría. Al Ministerio de Defensa no le importa si destruyen el país mientras él siga en pie. Así funciona mi país". Ambos, Agbar y dicho ministerio, son, con distinta patología, edificios enfermos.

El Periódico