La prensa dice

7 may
2008

La educación de Louis Auchincloss, por Marc Bassets

Autor de culto con 64 libros a cuestas, es el mayor cronista de la aristocracia de la Costa Este norteamericana. ’Cultura/s’ ha hablado en exclusiva con él en Nueva York de su vida y su obra.

Louis Auchincloss es uno de esos escritores semiolvidados que han logrado lo improbable: encapsular en su obra la esencia de una ciudad y de una clase social. La ciudad es Nueva York. Más exactamente: el Upper East Side, el barrio que se extiende a lo largo del flanco oriental de Central Park. Uno de los barrios con el metro cuadrado más caro de Estados Unidos. La clase social son los WASP, los blancos anglosajones y protestantes de la Costa Este. Los que durante décadas guiaron los destinos del país. Lo más parecido a una aristocracia en una república sin aristócratas.

Hace años Auchincloss fue un superventas y en Nueva York está considerado como una figura local. Ha publicado sesenta y cuatro libros, entre novelas y ensayos. Pero ahora es difícil encontrar su última novela en las librerías de la ciudad. A los 90 años, y pese a que acaba de sufrir varias operaciones y le cuesta moverse, sigue escribiendo. En España, la editorial Libros del Asteroide ha traducido "La educación de Oscar Fairfax". Publicada en Estados Unidos en 1995, la novela concentra en 250 páginas los leitmotiv de la obra de Auchincloss.

Las novelas de Auchincloss -el apellido es de origen gaélico y se pronuncia óquinclos- beben de dos escritores locales que él venera y nunca deja de releer: Henry James y Edith Wharton. Y giran en torno a un mundo cerrado: el de los salones de la alta burguesía neoyorquina, los bufetes y consejos de administración de Wall Street, los pueblos de veraneo en el litoral de Maine o Rhode Island, y los internados de elite de Nueva Inglaterra.

Cuando durante una reciente conversación en su apartamento de Park Avenue con la calle 90, en el Upper East Side más selecto, le recordé que algunos críticos le habían reprochado que el suyo era un "mundo pequeño, se indignó. "¿Qué mundo no es pequeño? ¿Qué mundo es mayor que el mío? ¿Cuántos críticos han vivido una guerra mundial en tres océanos distintos, han viajado por todo el mundo, han conocido a centenares de personas, han escrito tantos libros, han hecho carrera como abogado y han dirigido un bufete? ¿Esto es un mundo pequeño? ¡Un mundo pequeño! De lo que se trata es del odio a los ricos. En España saben algo de eso, verdad. ¡Qué terrible guerra civil!, respondió con su característico acento de pijo neoyorquino.

La respuesta podría sugerir que Auchincloss es un simpático cascarrabias. Algo de eso hay. Pero también revela su vitalidad, envidiable teniendo en cuenta su edad y su estado físico. Descendiente de un inmigrante escocés que llegó a la ciudad a principios del siglo XIX, Auchincloss se formó en Yale, combatió en la Segunda Guerra Mundial y trabajó toda su vida -con un intervalo de dos años en los que trató de dedicarse de forma exclusiva a la literatura- como abogado en Wall Street. Compaginó la abogacía con las letras. En las largas esperas en los tribunales, por ejemplo, sacaba la libreta. Cualquier momento valía para escribir.

El contacto con los ambientes profesionales de Manhattan se nota en su literatura, pegada a la realidad. "Es el único que nos explica cómo se comportan los que mandan en los bancos y las salas de juntas, los bufetes de abogados y los clubs. Son cosas que no suelen encontrarse en la ficción, ha dicho de él Gore Vidal, amigo y pariente lejano suyo. El dinero y los negocios son en Auchincloss un tema recurrente.

La cita de Madame du Deffand que encabeza "La educación de Oscar Fairfax" es una declaración de principios. "Todas las historias universales y las investigaciones sobre la causa de las cosas me aburren. He agotado todas las novelas, los cuentos y las obras de teatro; tan sólo las cartas, las vidas y las memorias escritas por aquellos que narran su propia historia me divierten y despiertan mi curiosidad. La ética y la metafísica me aburren intensamente. ¿Qué puedo decir? He vivido demasiado".

La mañana fría y luminosa de marzo en que le visité por primera vez, Auchincloss me recibió en su dormitorio. Hacía calor. Es habitual en los pisos neoyorquinos encender la calefacción al máximo. Estaba sentado en un sillón, con los pies descalzos sobre un resposapiés. Vestía una camisa de manga corta y bermudas. En el regazo tenía un tabla con unos papeles encima -el borrador de un cuento- y una novela de Edith Wharton. En una repisa de su dormitorio, una vieja fotografía en blanco y negro de él y su mujer disfrazados de moros en la Alhambra de Granada.

La mirada del insider

Auchincloss vive en este decimocuarto piso con vistas a las azoteas del Upper East Side desde 1959. Su esposa, Adele, con quien tuvo tres hijos, murió en 1991. "Es un apartamento tan grande como el de mis bisabuelos. Y mis hijos viven en apartamentos más grandes que el mío. Son descendientes de Comodore Vanderbilt. En su tiempo fue el hombre más rico del mundo. Era familiar de la bisabuela de mi esposa, dirá más tarde, con un deje de orgullo.

La conversación había empezado con mal pie. "¿Pero usted es un crítico o un detective?, me espetó después de que le preguntara de forma reiterada sobre si algunos episodios de su vida le inspiraron al escribir sus novelas. "Lo importante es qué hice con este material. No si yo fui a esta escuela o aquella. Esto es completamente irrelevante. Como si me preguntase qué automóvil conduzco".

Auchincloss se refería a Groton, el internado episcopaliano en el que estudió él y buena parte de los patricios de la Costa Este, entre otros Franklin Delano Roosevelt. Auchincloss compartió aulas y juegos con los hermanos McGeorge y William Bundy. Ambos eran descendientes de los llamado brahmin, la casta aristocrática protestante de Boston. Ambos, en calidad de asesores de los presidentes John F. Kennedy y después Lyndon B. Johnson, instigaron con un idealismo tal vez fruto de la educación en Groton la guerra del Vietnam. "Murieron 60.000 muchachos debido a su entusiasmo. Les quería mucho. Mac era el padrino de uno de mis hijos, dijo.

Leer Auchincloss es asomarse a este mundo. No es la mirada cruel de otros escritores como Truman Capote -a fin de cuentas, un sureño advenedizo- sino todo lo contrario. Es la mirada del insider, el que conoce por dentro. Una mirada distanciada, satírica, pero sin resentimiento.

"Yo no podía escribir la pobreza porque no tenía ninguna experiencia de primera mano de la pobreza, explicó. "Mis novelas -prosigue- son estudios psicológicos de individuos con el trasfondo de una sociedad particular. No leerá ninguna en la que un personaje vaya a un lugar en el que yo no haya estado."

Sus novelas -desde "Hijos indiferentes", publicada en 1947, hasta "El dilema del director, publicada el pasado octubre, pasando por "El rector de Justin", "Diario de un yuppie" o "East Side Story"- dibujan un fresco de una clase social, desde principios de siglo XIX hasta ahora. Podría leerse como una comedia humana de los WASP de la COsta Este.

¿Un mundo extinguido? Estinguido no; quizá menos influyente. "La gente que tenía dinera cuando yo era joven sigue teniéndolo. Pero el hecho es que ahora se ha extendido tanto que, mientras antes disfrutaban de una especie de monopolio, ahora son una minoría, respondió.

"De toda mi literatura", añadió después, "salvaría pequeños fragmentos. Fragmentos en los que me digo: ¡esto es! ¡He aquí algo verdadero! Como un matemático que resolviese una ecuación". Uno de esos fragmentos se encuentra, en su opinión, en "La educación de Oscar Fairfax". Es el capítulo titulado "El logro de un hombre" en el que el narrador -Oscar Fairfax- relata la historia de su protegido, el hijo de la peluquera de Bar harbor, la población costera donde veranea.

La identificación de Auchincloss con Nueva York y con el Upper East Side es tal que en el año 2000 la sociedad encargada de preservar las joyas arquitectónicas de la ciudad le declaró Monumento Histórico Viviente. Es el único ser humano que disfruta de este honor. él no le otorga mayor importancia, aunque se jacta de que sus ocho bisabuelos nacieron aquí. "Soy un neoyorquino auténtico. Hay pocos".

Pasadas las doce del mediodía, Auchincloss me ofreció algo de beber. él se hizo servir un vodka con hielo. Se relajó. Explicó cotilleos. Habló de su interés por las guerras carlistas y su amistad con los nobles españoles. La aristocracia europea fascina a los patricios neoyorquinos. Me preguntó por el rey Juan Carlos, al que conoció allá por los años cincuenta o sesenta -no recuerda el año exacto- en fiestas de Nueva York. Contó que cuando Norman Mailer se ofreció a dedicarle la primera edición de "Los desnudos y los muertos", le advirtió: "No me escribas ninguna obscenidad". De uno de sus vecinos en el Upper East Side, el judío Woody Allen, otro prolífico cronista (cinematógráfico, en este caso) de "un mundo pequeño" neoyorquino, dijo que le gustaban las películas. "Pero es un hombre horrendo. Creo".

De Kennedy a Obama

Auchincloss está emparentado con la difunta Jacqueline Kennedy Onassis. Hugh Auchincloss, el primo hermano de su padre, fue, sucesivamente, el padrastro de Gore Vidal y de Jacqueline Bouvier, nombre soltera de la primera dama.

"Era una mujer divina", dijo Auchincloss. "Pero le preocupaba mucho el dinero. Demasiado. Imagínese, se casó con Onassis, que se había acostado con su hermana. Muy crudo". A Aristóteles Onasis, con quien Jacqueline Kennedy se casó después de quedarse viuda del presidente Kennedy, no le conoció. Pero su opinión es clara: "Quería acostarse con la primera dama de Estados Unidos y lo consiguió".

Como tantos norteamericanos, Auchincloss sigue con interés la campaña electoral a la Casa Blanca. Como a tantos, y a pesar de que toda su vida ha sido republicano, también le gusta el candidato afroamericano, Barack Obama. "Es honesto e idealista. Y creo que puede detener esta guerra terrible, afirma. ¿Puede compararse con Kennedy? "No. Jack Kennedy era un hombre profundamente cínico y sofisticado. No creía en nada."

Unos días después, volví a visitar a Auchincloss con el fotógrafo Miguel Rajmil. Esta vez, nos esperaba sentado en la butaca del salón, con un volumen de Henry James en las manos. También iba con bermudas, y le pidió al fotógrafo que no le fotografiase las piernas. Detrás, la biblioteca, con ediciones antiguas de James, Wharton, Proust, Flaubert y Anatole France, entre otros. Durante años coleccionó primeras ediciones, pero lo dejó cuando los precios se dispararon.

Estos días, lee y escribe. Poco más. En diciembre publicará una nueva novela. No siente nostalgia. Si no fuese por los achaques... Hace unos días pasó por el hospital. "No estoy bien", dijo. "Pero, por favor, no me pregunte más por mi salud."

Culturas (La Vanguardia)