La prensa dice

14 feb
2008

La bomba expansiva de Ibuse y Kaniuk, por Nadal Suau

El siglo XX se resume en dos iconos del mal, los campos de concentración nazis y la bomba atómica que arrasó la ciudad de Hiroshima. Dos novelas nos recuerdan ahora que las consecuencias se alargaron mucho en el tiempo.

Cada mañana es un acto de fe: en las posibilidades del hombre, en las del país o en las mías. Quisiera retener aquello que cuenta: unas piernas largas, Philip Roth recordando que hay que recordarlo todo, un planosecuencia que Truffaut le ha arrancado a la vida...

Retenerlo, sí, y celebrarlo, pero alguna estupidez logra siempre enturbiarlo todo. Como a Sísifo, esta recurrencia me aturde. ¿Cuándo podremos dar por sentado lo obvio? Recientemente, la prensa registró las declaraciones de un gallego despistado que, en efecto, condenaba a Hitler porque es muy malo, pero exigía que lo equiparemos a Olmert. El ingenio le susurró, «prescinde del rigor, hombre, tú no te cortes», así que este señor cogió al Holocausto por las solapas y lo puso en su sitio: «no eres peor que tus víctimas, macho». Magistral. Europa explica a sus bachilleres que el Holocausto es un fenómeno único. Pero aquí, los alumnos invierten las horas de tutoría en redactar sus propias normas de comportamiento para el aula -ejemplo práctico, «se podrá comer en clase»-, por lo que no hace falta proyectar la película Shoah en los centros. En consecuencia, la gente cree que Holocaustos ha habido muchos. Pues no. Entre 1939 y 1945, tienen lugar dos acontecimientos revolucionarios que escenifican la posibilidad de exterminar al hombre. Sus dimensiones no son políticas, ni siquiera morales, más bien escatológicas. Hablo del Holocausto, por supuesto, pero también de Hiroshima. Estos dos ejes nos conducen al vacío. A la nada. Podrían aducirse muchos argumentos racionales por los cuales Israel, cuya política tiene reversos exacerbantes, no puede sin embargo equipararse ni remotamente al Tercer Reich. En última instancia, basta recordar que Auschwitz e Hiroshima no podrían repetirse sin provocar un fin de los tiempos, literalmente. Los dos primeros ensayos se saldaron con un éxito fenomenal, desde el punto de vista técnico. Porque el Mal también sabe pilotar la ciencia. Ahora, Libros del Asteroide ha publicado dos novelas que nos dibujan la onda expansiva de la Segunda Guerra Mundial. Son textos que nos obligan a recordar aquella sentencia de Aleksandar Tisma: «nada bueno podía llegar con la libertad».

Lluvia negra es una novela japonesa firmada por Masuji Ibuse (1898-1993), y su tono es sorprendentemente íntimo, poético -tal como la gente sencilla dice que algo es «poético»-.

Una familia vivió la catástrofe de Hiroshima en primera línea: son un matrimonio y su sobrina, Yasuko. Unos años más tarde, ella tiene un pretendiente. Toda la familia desea verla felizmente casada, pero un rumor juega en su contra: algunos dicen que Yasuko se vio afectada por «la enfermedad de la bomba». A fin de cuentas, estuvo en contacto con la lluvia negra radioactiva. Si el pretendiente llega a creer que Yasuko está enferma, renunciará a contraer matrimonio con ella. Por eso es fundamental demostrar que el rumor es falso,y para ello su tío empieza a rememorar el fatal momento en que aquel nubarrón con «una forma más de medusa que de hongo» se irguió sobre la ciudad de Hiroshima.

Con esta excusa, los lectores accedemos a dos privilegios,ambos muy dolorosos: una crónica minuciosa del infierno vivido entre el 6 y el 9 de agosto de 1945, y también la historia callada de los damnificados. Porque hubo paz, llegó la normalidad, y fueron miles los que siguieron muriendo, mutando, enfermando a causa de la bomba atómica. Estamos ante un libro triste que no acaba bien. No puede hacerlo. Y pese a ello, nos sorprende gratamente la educación de los japoneses, su impecable comportamiento. Sobre todo, yo advierto en Lluvia negra adhesión a lo pequeño y humilde, el mejor antídoto contra el galope enfebrecido de la humanidad. «Y a medida que escribía y que los horrores de aquel día regresaban a él cada vez con mayor nitidez, se le antojaba que por más insignificantes que fueran las fiestas agrícolas, merecían ser valoradas y respetadas...». Sí.

Por su parte, El hombre perro de Yoram Kaniuk es, probablemente, una obra maestra. Ya sé que el término es resbaladizo,y más aplicado a alguien que convierte a Juan Goytisolo en un adocenado escritor con alergia a los retos. Cito al novelista de Señas de identidad porque la novela del israelí Kaniuk se escribió en 1968, y sus recursos técnicos y temáticos mantienen el regusto de la época. Ningún problema, insisto: ésta es una novela extraordinaria, muy intensa, que nos muestra un internado psiquiátrico en pleno desierto del Néguev. El centro acoge a supervivientes del Holocausto que no han logrado ingresar en la normalidad. Pero, ¿es que eso es tan fácil? El hombre perro es Adán, el protagonista, un genio loco, un payaso superdotado, vidente y atractivo que ejerce de cabecilla en el hospital. Adán sobrevivió al campo de concentración porque entretenía a los prisioneros mientras se dirigían a la cámara de gas, pero sobre todo, porque se convirtió en el errito faldero del comandante Klein... literalmente. Compartía la comida con el rottweiller de Klein, y en la misma escudilla. Un día, su hija y su esposa se dirigieron a la muerte. Lo hicieron confiadas, porque su esposo, su padre, les cantó que todo iría bien.

¿Cabe identificar la curación con el olvido? ¿Cabe decir que, frente al amor, la ciencia es algo «pálido y mezquino»? Más aún, ¿cabe decirlo entre tanta crudeza? ¿Y si Hitler nos demostró que la vida no es una tragedia, sino una comedia «macabra y triste»? El hombre perro es un libro difícil, una novela sin concesiones que escarba en el territorio asfixiante de la locura, pero deben leerlo. Aunque sea sólo para darse de bruces con esto: «en un mundo donde personas tan respetables, duques, sacerdotes, presidentes, primeros ministros y, lo más importante, el propio Dios, guardaban silencio, él volvió a su patria porque sólo allí podía mantenerse a salvo de esa vergüenza de la culpa que no merecía y cuya realidad se negaba a reconocer».

Bellver