La prensa dice

8 ago
2010

Jernigan, por Nuria Barrios

¿Cómo se ve la clase media neoyorquina a través de una botella de ginebra? No de forma muy distinta de como veía México al cónsul de Estados Unidos en Bajo el volcán, de Malcom Lowry. O como veía Los ángeles Charles Bukowski. La botella -sea de ginebra, de vodka o de vino- ofrece una óptica uniforme del mundo. Dice Manuel Vicent que cada literatura tiene una clase de alcohol. A la narrativa anglosajona le va un alcohol autodestructivo, ingenioso, sarcástico, nihilista y muy literario. En inglés las bebidas se denominan spirits. El alcoholismo es una enfermedad espiritual que no supone necesariamente la muerte. Por lo menos, la del borracho. Jernigan, el protagonista de la novela homónima del autor norteamericano David Gates, bebe ginebra y cerveza, también vodka y whisky y, si no hay nada más a mano, licor casero. Es uno de esos borrachos funcionales y cultos, a quienes la bebida anestesia el dolor y, al mismo tiempo, prolonga el sufrimiento. Jernigan, a punto de cumplir los 40 años, vive en Nueva Jersey en 1987. Pero esos datos son anecdóticos; las referencias importantes en su vida son: una mujer borracha, que se suicida; un padre, que muere borracho en un incendio; un hijo de 16 años, conmovedor en su frágil sobriedad. El camino hasta el fondo es siempre asombrosamente largo y, como la crecida de un río, arrastra a los desprevenidos que rodean al bebedor. En el descenso de Jernigan, que narrativamente cubre un año, hay numerosas citas literarias, pues literatura y alcohol han sido siempre buenos compañeros de viaje. A pesar de lo que dice la contra de la novela, este no es un libro «divertidísimo» ni «desternillante». Ingenioso, sí, cáustico y muy ágil, también, con una estructura inteligente que arranca con el final y que intriga de tal manera que el lector se ve impelido a pasar las páginas sin descanso para saber qué ha llevado al protagonista a semejante final. La novela, publicada en 1991, fue finalista del Premio Pulitzer.
El País