La prensa dice

13 jun
2009

Glamour de un fin de época, por Luis Matías López

La Trilogía transilvana,del húngaro Miklós Bánffy, es la apuesta más arriesgada de Libros del Asteroide, editorial artesana especializada en rescatar autores poco conocidos en España. En esta ocasión se trata de una obra monumental cuyo primer volumen, Los días contados, tiene la friolera de 666 páginas, más otras 10 del prólogo de Mercedes Monmany, sin que el que sería difícil no extraviarse en las interioridades del imperio austrohúngaro.

Bánffy, de pedigrí aristocrático sin tacha, artista polifacético y político notable que llegó a ser ministro de Asuntos Exteriores de Hungría, ha creado un personaje memorable, el conde Bálint Abády, que es su imagen en el espejo. Su peripecia personal recrea la decadencia de una época glamourosa e irrepetible, de un imperio imposible que el cataclismo de la Primera Guerra Mundial se llevó por delante.

Abády cree en el ideal galante, en que la nobleza debe luchar por una sociedad más justa, en que los políticos deben mirar más allá de su propio ombligo. Sin embargo, constata que «el que pretende actuar con equidad y comprender el punto de vista de la otra parte es una persona inútil en las batallas políticas y sospechosa por querer conocer los argumentos en contra». Aquel mundo caduco no estaba tan lejano del nuestro.

La trilogía, que Bánffy escribió entre 1934 y 1940, y cuya publicación prohibió luego el régimen comunista, evoca las tensiones entre austriacos y húngaros (y de estos últimos con los transilvanos, hoy en Rumania) en los años previos a la Gran Guerra, y muestra las dificultades para mantener en pie un imperio con numerosas minorías nacionales y cuyo territorio se reparte hoy en 13 Estados diferentes.

Los días contados transcurre en 1904 y 1905, seis años después de que fuese asesinada la emperatriz Elizabeth, estrechamente ligada a Hungría y a la que dio vida Romy Schneider, primero para un cine de almíbar y luego para el Ludwig de Visconti. Era un mundo ignorante del trágico fin que le esperaba, de vistosos uniformes, banquetes pantagruélicos y exquisitos, cacerías sin fin, deslumbrantes bailes, estrictos y estúpidos códigos de honor, mujeres de vestidos vaporosos y jóvenes románticas capaces de sacrificarse por salvar a un pecador. En sus páginas late el mismo aliento del mejor Joseph Roth o Sándor Márai, pero también de El gatopardo de Lampedusa recreado por Visconti.

Bánffy nos conduce con maestría y elegancia por los estertores de una época fascinante. A cambio, sólo nos pide tiempo. ¿Quién podría negárselo?

Público