La prensa dice

22 sep
2007

Era para tanto, por Miguel Sánchez-Ostiz

Y ese puede ser el sentido, el mejor sentido, de la proliferación de libros que tratan de los crímenes cometidos por los nazis en Europa, tanto en los países ocupados como en la propia Alemania: fue para tanto. A pocos se les ocurre exclamar, como se hace con la Guerra Civil española, ese indecente «¡Otro libro sobre el Holocausto!» propio del lector ahíto en falso, pero no por que le quede un escrúpulo de vergüenza, sino para no quedar mal. No es políticamente correcto. Otra cosa son los prejuicios que se gasten en privado, que son muchos. El antisemitismo es un hecho.

Así, los granujas, protegidos por sus apellidos familiares, todavía sostienen que lo sucedido con los judíos o fue mentira o no fue para tanto. Y otros niegan el antisemitismo de escritores que trataban a los miembros de las SS de «caballeros», porque lo contrario significaría bajarlos de los altares. Solo por eso es una cuestión de salud mental o de salud social que se publiquen todos los testimonios posibles, y aún faltan muchos. Queda mucho por contar, a pesar de que cada relato resulte idéntico, aunque sea diferente. Es idéntico porque muchas veces ni siquiera varían los detalles, pero sí lo hacen, y de qué modo, los testimonios personales que los sostienen.

Prejuicios antisemitas.

Tampoco son necesarios extensos relatos. De hecho, pocas páginas necesitó la escritora holandesa Marga Minco para dar cuenta en La hierba amarga de los prejuicios antisemitas, sordos y no sordos, que pesaban sobre la sociedad holandesa de su época y de aquella generalizada actitud de los interesados que pensaban que nada podía pasarles, que no era para tanto lo que se contaba.

Marga Minco, que nacida en 1920 asistió con plena conciencia a lo que estaba sucediendo, vivió escondida los años de ocupación y salvó la vida, pero vio cómo se llevaban a toda su familia y no volvió a saber de ella. Fue en 1957 cuando publicó La hierba amarga, una obra escrita sin truculencias ni discursos, sostenida en los cimientos de lo vivido, con eficacia y una extrema delicadeza.

Quien relata los hechos no es una joven de más de veinte años que los vive en crudo, sino una adolescente, lo que le permite utilizar una cierta ingenuidad de visión para expresar un optimismo ciego, más incluso que miope, impropio de la mujer joven de más de veinte años que padeció y fue testigo de la barbarie sin paliativos y del miedo contagioso, plenamente consciente del alcance de la persecución a la que los nazis y los colaboracionistas holandeses, que fueron los suficientes, tantos como en los demás países, sometieron a los judíos.

Puertas derribadas.

Es en ese tono en el que Marga Minco, sin restarle eficacia alguna al relato, cuenta la progresión de la persecución entre el no será para tanto y el no nos han hecho nada, hasta las puertas derribadas y las casas vacías; el cerco se va estrechando y ahogando a quienes están por decreto encerrados en su interior. Hoy desaparece uno, mañana se llevan a otro. Hoy está todo prohibido, hasta lo más elemental, y la vida cotidiana queda cercenada; mañana hay que esconderse y hablar bajo. Hoy hay que hacer las maletas, mañana hay que viajar sin ellas. Hoy hay que hacerse fotografías para recordar quiénes éramos, mañana no hay a quien mostrarlas. Hoy se enceta en familia el pan ácimo, mañana no hay nadie sentado a la mesa del comedor y sobre el mantel sin manchas queda el plato de la mantequilla y el cuchillo clavado en ella. Hoy hay que coser las estrellas amarillas, con mimo o de cualquier modo, mañana hay que teñirse el pelo para no ser interpeladas, o conseguir documentación falsa, o buscar refugio en casas de campesinos, lejos de las ciudades y de sus guetos.

En concreto, la lectura del capítulo «Las estrellas», cuando el padre trae a casa las estrellas amarillas que debían colocarse como distintivo en la ropa, o ese otro titulado «En depósito», en el que se narra de manera «inocente» el calculado expolio que padece la familia de la narradora por parte de los vecinos que sabían perfectamente lo que sucedía y que, al contrario de la mayoría de los judíos, sí pensaban que era para tanto y que total, si sus vecinos judíos no iban a regresar, bien estaba aprovecharse de sus cosas, le quita a cualquiera las ganas de frivolizar con estas y otras historias paralelas. El Holocausto no fue ni una broma ni un mero episodio novelesco. Es otra cosa, la otra cosa, la que hasta cuesta nombrar.

ABC