La prensa dice

16 abr
2011

Entrevista a Khushwant Singh en El País

Pakistán por dentro, contado desde fuera

Por Ana Gabriela Rojas

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Son las siete de la tarde y es la hora del whisky para Khushwant Singh. Cada día se toma un vaso grande sentado en su sillón favorito en su casa en Nueva Delhi. A sus 96 años cumplidos en febrero -a los que él agrega siempre uno- este hombre es un testigo honorario de la historia de India y Pakistán. Una prueba es la partición de estos dos países plasmada en la novela Tren a Pakistán (Libros del Asteroide). Ha escrito tantas novelas que él mismo ha perdido la cuenta y cada semana, todavía con bolígrafo, escribe su columna "con malicia contra todos", que se imprime en varios periódicos de India. Disminuido por la edad y visiblemente cansado, el escritor asegura que ya está "podrido por dentro" y que el trago es lo único que ahora le remite a la felicidad. Aunque lo dice con una sonrisa y ánimo de agradar, como cuando repite una de sus frases más célebres: "Siempre he dicho que no creo en el amor sino en la lujuria. Es lo más honesto".

Singh nació en 1915 en una pequeña aldea (Hadali) del ahora Pakistán. Fue abogado en el tribunal de Lahore. Con la independencia y la partición del subcontinente en 1947, le recomendaron que huyera hacia India, por ser de origen sij, aunque él ya hubiera renegado de la religión muchos años atrás y la mayoría de sus amigos fueran musulmanes. Desde muy joven se considera agnóstico y opina que para creer en una religión "hay que ser retrasado mental".

Un par de días antes de que se trazara la línea que dividiría a los países, Singh partió hacia Nueva Delhi. "Cerré mi casa y le di las llaves a mi mejor amigo. Pensé que volvería pronto, pero no fue así. Ya solo volví como huésped", dice señalando la foto de su amigo sobre el aparador. Se lamenta mucho de que los dos países tras su separación y después de sufrir tres guerras "sigan siempre en una absurda tensión, a pesar de que la gente es la misma, somos como hermanos, unidos por la historia y la cultura, pero divididos por la religión". Se considera a sí mismo "pro-Pakistán" a pesar de considerar que "es un Estado fallido, una víctima de la violencia fundamentalista y que lamentablemente se mantiene solo por el poder del ejército". Aborrece que los dos países tengan armas nucleares, pero piensa que "al menos India tiene un Gobierno responsable".

Cree que para los liberales, y muchos escritores, es difícil vivir en Pakistán por la creciente islamización. "Sin embargo, hay muy buenos contadores de historias, quizá en parte por la desilusión que están sufriendo de lo que pasa en su país". Entre las voces que reconoce nombra a Bapsi Sidhwa, Nadeem Aslam, Hanif Qureshi o Daniyal Mueenuddin. Todos, como él, han pasado épocas fuera de Pakistán.

Apenas salió como refugiado de Pakistán a India, fue diplomático en Reino Unido y en Canadá, pero lo dejó porque "no había mucho trabajo que hacer", así que regresó a la capital india. Fue entonces cuando pensó en escribir sobre la partición. En un mes terminó Tren a Pakistán, una referencia en la historia de los dos países. "La escribí por desilusión, por tristeza. No estaba de acuerdo con la teoría de las dos naciones, en la que los musulmanes y los hindúes tenían que vivir en diferentes países". Los futuros primeros ministros Jawaharlal Nehru de India y Muhammad Ali Jinnah de Pakistán habían prometido que tras la división todo estaría bien, asegura. "Pero no tenían ni idea del horror que iba a ocasionar: casi diez millones de personas fueron desarraigas y un millón asesinadas. No creo que el mundo haya visto algo de esta magnitud".

A pesar de todo, Singh acepta que la partición "era inevitable, no había mucha opción". Los musulmanes, liderados por Jinnah y su agrupación política, la Liga Musulmana, temían que con la partida de británicos, la mayoría hindú tomaría venganza sobre la minoría islámica que había dominado India durante siglos. "El odio había crecido durante los años, aunque estuviera escondido, como si fluyera por debajo de un río. Pero la división de los países y el intercambio de la población hizo que la ira emergiera: para los hindúes era bueno matar musulmanes". Los sijs quedaron de lado de los hindúes. "Siempre han estado muy cerca las dos comunidades y las creencias son muy parecidas", dice el escritor, que ha dado clases de religión comparativa.

En la matanza "no puedo decidir a quién culpar", y así logró escribir un texto equilibrado. Singh es de los pocos autores respetado en los dos lados de la frontera de los países enemigos. Reconoce que fue Mahatma Gandhi el único que previó que la división de la India británica iba a traer un desastre e intentó evitarla: "Gandhi insistió a Nehru en que aceptara a Jinnah como primer ministro para que Pakistán no se escindiera, pero no accedió: era muy ambicioso y veía a Jinnah como su rival". De los horrores que vivió en carne propia, no había tomado notas, pero tenía todo en su cabeza. Había visto un tren que transportaba cadáveres de sijs de Pakistán a India o se había cruzado con un grupo de sijs que acababan de masacrar una aldea musulmana. Singh eligió escribir ficción "porque tiene más impacto". A la aldea ficticia llamada Mano Majra, que queda justo en la frontera de los países recién divididos, el horror de la partición no ha llegado. Sus habitantes, mitad sijs mitad musulmanes, reciben información solo de tercera mano. Pero ellos se sienten muy alejados de lo que está pasando: han vivido siempre juntos, como hermanos. ¿Por qué se verían afectados? Sin embargo, empiezan a cruzar desde Pakistán trenes llenos de cadáveres de sijs. Singh asegura que no es su mejor novela, pero reconoce el valor histórico: "Siempre es mencionada en charlas sobre la partición. Tiene el peso de la no ficción en forma de ficción".

Singh es admirado porque rechazó uno de los más grandes reconocimientos de India, el Padma Bushan, por el asedio del Ejército al Templo Dorado -máximo centro religioso de los sijs- que ordenó Indira Gandhi en 1984 y que dejó más de 500 muertos. Gandhi fue asesinada cuatro meses después por su guardaespaldas. "Yo me indigné profundamente por la pérdida de vidas humanas, independientemente de su religión".

El autor termina su whisky. Y cuenta orgulloso que nunca en su vida ha comprado una botella: la gente sabe cuánto le gusta y siempre las recibe como regalo.

Babelia (El País)