La prensa dice

23 oct
2016

Entrevista a Julio Fajardo, autor de "Asamblea Ordinaria" en El Confidencial

Por María Serrano

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’Asamblea ordinaria’, precariedad, política y equilibrios vitales. Una novela de la crisis

En su último libro, Fajardo Herrero ha delineado una radiografía íntima de lo que nos está pasando como sociedad, de lo que no nos queda más remedio que ser y de lo que podemos ser a pesar de todo.

En Madrid, una pareja se va distanciando a medida que empieza a sufrir las consecuencias de la crisis y cada uno decide hacerles frente a su manera. Él dedica todo su tiempo y su energía a una organización política, ella a hacer malabares con su precariedad material. En Barcelona, un joven precario vive fascinado por su jefe, un pijo muy cool. En Zaragoza, una jubilada se ve obligada a acoger en su casa a su sobrino, que al quedarse en paro abandona los hábitos de ocio y consumo que son signo de su generación. A lo largo de las páginas de Asamblea ordinaria (Libros del Asteroide), todos estos personajes irán comprendiendo progresivamente que ya nunca más podrán entender su vida en los mismos términos que antes manejaban.

Julio Fajardo Herrero nació en Tenerife en 1979, ha vivido en Salamanca y Madrid y desde hace diez años reside en Barcelona donde trabaja como editor y traductor. En 2008 publicó su primera novela ’Los principios activos’, con la extinta editorial 451, una indagación sobre el modo en que factores como la culpa, el miedo o la inercia condicionan nuestras relaciones. En ’Asamblea ordinaria’ ha delineado una radiografía íntima de lo que nos está pasando como sociedad, que nos habla de lo que no nos queda más remedio que ser y de lo que podemos ser a pesar de todo. Por eso la han llamado casi unánimemente “la novela de la crisis”.

PREGUNTA. En términos generales, se está recibiendo Asamblea ordinaria como “la novela de la crisis” ¿Estás de acuerdo, o cómodo, con esta descripción?

R. Yo creo que una “novela de la crisis” la tendrían que protagonizar políticos, banqueros, miembros de consejos de administración… En este libro lo que hay es gente normal. He intentado contar algunos efectos del tipo de cosas que le han pasado a mucha gente en los últimos años, imaginarme los efectos de esa “crisis” a un nivel muy cercano, en nuestra forma de relacionarnos, de llevarnos con nosotros mismos, de establecer nuestras prioridades y objetivos, etc... Coloqué a una serie de personajes en una serie de situaciones, y a partir de ahí fueron surgiendo esos efectos: conflictos de pareja, entre generaciones, entre distintas formas de ver la vida, dificultades para seguir manteniendo las mismas convicciones y objetivos…

P. Entre esos efectos la novela también refleja en alguna medida procesos de toma de conciencia con respecto a lo que entrañaba la crisis en todos sus niveles. ¿Puede decirse que si algo tienen en común los tres personajes principales es ese proceso?

R. Esa toma de conciencia sí que asoma por algunas partes, en las cabezas de los personajes, pero creo que la novela es casi más una indagación sobre cuáles suelen ser sus límites. Hasta dónde llega y no, o qué prejuicios y qué circunstancias vitales operan para que no acabemos de ser del todo consecuentes con esa toma de conciencia.

P. ¿De ahí que haya cierta ambigüedad en nuestra mirada sobre los personajes? Ninguno llega a estar enteramente redimido, pero tampoco condenado, ni sabemos hasta qué punto se engañan o son honestos consigo mismos.

R. Puede ser. En principio, lo que intento es que los personajes se parezcan a la gente, y creo que en general la gente de carne y hueso nunca está redimida del todo, ni condenada del todo, cuando falla a veces es culpa suya y otras veces uno puede entender qué factores externos han entrado en juego. Y cuando tomamos conciencia, digamos, política, normalmente tampoco podemos llegar a ser del todo consecuentes con las conclusiones a las que hayamos llegado, porque entre los principios que uno tiene y sus actos se cuela la vida, claro.

P. Asamblea ordinaria muestra una perspectiva muy marcada sobre las relaciones de género que afloran en mayor o menor medida en las tres historias. Las mujeres están mucho más apegadas a la realidad material y los personajes masculinos son más tendentes a vivir en un mundo de fascinaciones, ¿crees que generalmente funcionamos así?

R. Sí creo que, si sacamos la estadística, en las parejas heterosexuales las mujeres suelen tener los pies más en el suelo que los hombres. En todo caso, en el libro también me interesaba imaginar en qué inconsistencias o formas de autoengaño pueden llegar a incurrir quienes, objetivamente, parecen tener los pies más en el suelo. O si, cuando pasa algo que lo sacude todo, por ejemplo una crisis como la nuestra de estos años, podemos llegar a descubrir que en la opción vital de tener los pies muy en el suelo, o de ser muy responsables y hacer siempre lo más prudente, podía o no haber escondida alguna trampa.

P. ¿A qué te refieres por “trampa”?

R. A muchas cosas, supongo. A convenciones sociales que seguimos y se pueden volver en nuestra contra, a decisiones poco meditadas o poco honestas con nosotros mismos, a comportamientos en los que nunca hemos pensado mucho y en realidad tenemos por inercia… A cuestiones que en la vida hayamos podido afrontar como si fueran sencillas y unívocas, cuando siempre son ambiguas, cambiantes y complejas.

P. Trampas también se hace el segundo personaje para rendirse a la fascinación por su jefe y conformarse con su propia explotación, ¿crees que esto ha sido algo sintomático del precariado de la última década?

R. Hay gente que explica esto mucho mejor que yo, pero en lo que va de siglo se ha extendido un tipo de precariado en particular, de alto nivel formativo y que a menudo desempeña funciones que exigen cierta creatividad, y los integrantes de ese sector hemos tardado en darnos cuenta de que en realidad hay muy poco que nos diferencie del obrero de toda la vida, mal pagado y con pocos derechos. Creo que si, como uno de los personajes del libro, muchos seguimos viéndonos muy distintos del operario precario no cualificado -aunque nuestras condiciones de vida sean muy parecidas- es porque vemos marcas de estatus donde en realidad no las hay: en las tareas que desempeñamos, en el tipo de oficinas en las que trabajamos, el tipo de producto que ofrecemos…

P. Y esto aparece también en la tercera historia, donde se contraponen las formas de vida casi opuestas de la tía y el sobrino. La ética tradicional del trabajo y la ética del consumo. Pero ninguno de los dos parece muy satisfecho con su filosofía de vida, ¿el lector debería quedarse con alguna?

R. Más que tomar partido por una u otra filosofía de vida, lo que creía que podría resultar interesante era poner a prueba, con las vidas de estos personajes, las convicciones y los órdenes de prioridades de cada quien, a la luz del evidente cambio de reglas del juego que ha supuesto la crisis. Creo que esa es una de las preguntas que vertebran el libro: una vez que hemos confirmado que el contexto ya no es el mismo para casi nadie, y que lo que más lo ha cambiado han sido factores externos que no tienen mucho que ver con nuestro grado de acierto ni de esfuerzo, ¿tiene sentido mantener exactamente los mismos objetivos, las mismas expectativas y el mismo orden de prioridades? El reparto que hacíamos antes, de esfuerzo y de tiempo para cada parcela de la vida, ¿debe seguir siendo exactamente el mismo? Si conviene cambiarlo, ¿cuánto y cómo conviene cambiarlo? Si el libro funciona como yo pretendía, la gracia está en que el lector tenga la sensación de que, mientras lee, todo esto lo estamos pensando juntos…

María Serrano - El Confidencial