La prensa dice

29 abr
2016

Entrevista a Jenny Offill, autora de "Departamento de especulaciones", en El Cultural (El Mundo)

Por Laura Fernández

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Jenny Offill: "La vida cotidiana es una forma de arte"

Que su segunda novela, Departamento de especulaciones, se colara en el listado de finalistas del Pen Faulkner, puso a Jenny Offill en el mapa. Lo suyo es puro ’zapping’ literario sentimental, una cartografía del dolor de la vida compartida.

No es A. M. Homes pero, como ella, ha clavado un pequeño dardo, uno, en realidad, enorme, del tamaño de una palpitante obra de culto desmembrada, titulada como podría titularse la Vida, así, en mayúsculas, Departamento de especulaciones (Libros del Asteroide), en el centro de la vida de dudosa felicidad familiar norteamericana. Su nombre es Jenny Offill, tiene 48 años, y con esta, su segunda novela, se ha convertido en algo parecido a "the next big thing" en lo que a narrativa dolorosamente fragmentaria se refiere: que quedara finalista del Pen Faulkner ayudó a que el New Yorker se muriera por publicar alguno de sus cuentos y a que el New York Times la situara entre los libros del año (2014).

¿La historia? Una madre de familia, escritora, a la que un chiflado le ha encargado un libro sobre astronautas, y astronomía, está tratando de: 1) Deshacerse de las chinches; 2) Cuidar de su pequeña y 3) Hacer frente a la aventura de su marido con una chica más joven. Mientras se pregunta qué sentido tiene todo, y por qué duele tanto cuando el amor se acaba, la protagonista de esta intensísima novela, que más que una novela parece un puñado de ’polaroids’, al estilo en el que lo parecen las novelas de Renata Adler, trata de conciliar su maternidad a la deriva con la puesta en marcha de una segunda novela interrumpida, todo el tiempo, por los delirios astronómicos del tipo que firmará, aunque no lo haya escrito, el libro en el que anda trabajando, y también, por citas de Kafka, citas de Donald Barthelme, citas de Carl Sagan, citas de Rainer Maria Rilke y de Willian Butler Yeats, proverbios libaneses ("La chinche tiene cien hijos, pero le parecen muy pocos"), y sentencias de astronautas que parecen encapsular la verdad con aspecto de gema preciosa que la novela trata de desenterrar ("La trayectoria de un astronauta no es una sencilla marcha triunfal hacia la gloria. Antes de que uno pueda meterse en una cabina espacial, debe conocer muy bien el significado no sólo de la alegría, sino también del dolor"). "Si alguien me hubiera hablado de un libro así hace un tiempo, ni siquiera me hubiera molestado en leerlo", ha dicho en alguna ocasión Offill, hoy profesora de escritura en el Brooklyn College, la universidad de Queens y la universidad de Columbia, que, mientras responde estas preguntas, juguetea con su perro, en su estudio, en casa, en Brooklyn.

Pregunta.- Por momentos, la narradora parece una exploradora sin brújula, a quien la vida lleva de un lado a otro, todo el tiempo. ¿Diría que la vida, en sí, es un departamento de especulaciones? ¿Especulamos, luego, vivimos?

Respuesta.- La vida de la narradora ha resultado ser muy distinta de cómo la había planeado, y por eso está volviendo sobre sus pasos, para tratar de encontrarse, o, cuanto menos, para saber cómo ha llegado hasta el lugar en el que se encuentra en ese momento. La novela está llena de conjeturas y teorías, y el título refleja todos esos diferentes tipos de especulación.

P.- Hablando de teorías, hay un montón de escritores por todas partes. También hay un montón de científicos. Citas de unos y otros, desde Thomas Edison hasta Donald Barthelme. ¿La intertextualidad es parte importante de la novela desde el principio?

R.- La protagonista es una mujer muy leída, y todo el tiempo está pensando en versos, y la rodean los libros, frases que acaba de leer y en las que no puede dejar de pensar. En cierto modo, los libros son más reales para ella que las personas que la rodean. Yo quería escribir una novela de calado filosófico, ambientada en un entorno doméstico y en la que la maternidad fuese una especie de motor. Quería poner al mismo nivel la vida cotidiana y familiar que las sublimes obras de arte a las que se hace referencia. Es como si quisiera elevar la vida cotidiana a una forma de arte. Leí por primera vez a Barthelme en la universidad y me fascinó la manera en que conjuga la alta literatura con el puro entretenimiento. Era capaz de escribir un relato en el que había ’jingles’ navideños y citas de Wittgenstein. Me encanta. Kafka también era un poco así. Pasaba de lo tremendo, a lo divertido, o trágicamente divertido. La cita que tengo justo delante ahora mismo, mientras escribo, es suya y dice así: "En tu lucha contra el resto del mundo, te aconsejo que te pongas del lado del resto del mundo".

P.- Al principio, la novela es un montón de ’flashes’. Luego, descubres que, poco a poco, se está construyendo la historia de una mujer, de su matrimonio, de su maternidad, del exterminio de un montón de chinches, del día a día de alguien que empieza estando sola y acaba convertida en una familia. ¿En qué momento apareció la estructura, así, a ’flashes’?

R.- Escribí la historia de la pareja de forma muy fragmentaria, tal y como ha acabado resultando en el libro. He tomado prestada la cita de Edison de la que hablo al principio, eso de que los recuerdos son diminutas cosas que pueden presentarse juntos, a modo de enjambre, o separados, y he hecho con ella todo un libro. Quería que esos pequeños momentos que parecían ir por separado fuesen ganando peso, y creando un todo que no dejaba de crecer a medida que avanzaba la historia. Pero tardé bastante tiempo en dar con la estructura de la novela. Al principio me bloqueé entre la primera y la tercera persona, pero luego me di cuenta de que los cambios en la distancia de la narradora reflejan exactamente la distancia que siente respecto a su marido en el punto exacto de la historia en el que se encuentra. Cuando le entendí, todo encajó. Fue mi momento "¡Eureka!".

P.- El fondo es tan importante en la novela como la forma, ¿diría que bebe un poco de la literatura posmoderna clásica norteamericana?

R.- Sí, me encanta. Adoro a los escritores que juegan con la forma. Añadiría a la lista de posmodernos a otros autores como Gilbert Sorrentino, Henri Michau, Joy Williams y Lydia Davis. Y, en el caso de esta historia, podría decirse que me han sido especialmente útiles El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, Hijo de Jesús, de Denis Johnson, y la antología The Dream Songs de John Berryman.

P.- La narradora está escribiendo un libro sobre astronautas por encargo en la novela, ¿diría que hay alguna relación entre la astronomía y la manera en que evoluciona el universo (y cómo se descubre) y el auge y caída de una historia de amor como la que describe? ¿De alguna manera ha tratado de relacionar ambos temas?

R.- Creo que, en cierto sentido, podría verse el Voyager y esta novela como mensajes en una botella enviados al espacio. Me siento atraída por la idea de hacer un zoom bestial sobre el microcosmos (personal) y el macrocosmos (universal). Esa es la razón de que la protagonista utilice sus propios problemas sentimentales como excusa para hablar de la biología evolutiva y la astronomía, y al revés.

P.- Ha dicho en alguna ocasión que "la vida sentimental de la gente es para mí la trama". ¿Cuándo lo descubrió como escritora y cómo afectó a su narrativa?

R.- Solía decirme, preocupada, que nunca iba a ser una gran escritora porque no me interesaban en absoluto las tramas. Me aburría pensar en ellas, escribirlas e incluso leer sobre ellas. Yo con lo que disfrutaba era con el momento mismo de narrar. Y un día me dije que eso podía convertirse en trama. Y así fue como empezó todo, partiendo de lo emocional, de un momento concreto en la vida de alguien, y dejando que las historias, ellas solas, despegasen.

P.- En la novela se habla de sentimientos todo el tiempo. De estar enamorado, pero también de cómo se transforma ese amor durante el matrimonio. ¿Diría que la manera en que nos enfrentamos al matrimonio dice mucho de quiénes somos?

R.- Sí, totalmente. Pero Rilke lo dijo en su momento mucho mejor de lo que yo lo diré nunca: "Que un ser humano ame a otro ser humano, esa es tal vez la tarea más difícil de cuantas nos han sido encomendadas, el objetivo principal, el examen final, la obra para la cual todo empeño es mera preparación".

P.- También se habla sobre ser madre, y ser, a la vez, artista. ¿Diría que hay una guerra entre el arte y la maternidad?

R.- Las exigencias de la maternidad son igual de feroces que las del arte, así que, o bien acabas exhausta, o bien dejas una de las dos para centrarte en la otra. Pero creo que parte del problema es que cualquier debate al respecto es muy reduccionista. Freud tenía razón cuando dijo que todos necesitamos amor y trabajo. Nadie cree que un hombre sea egoísta por querer tener una familia y un trabajo que le llene, pero a menudo a las mujeres se nos cuestiona por querer tener eso mismo. Es perfectamente razonable, y muy humano, querer tener, necesitar, ambas cosas. Si fuéramos más abiertos a lo complejo del asunto, estaríamos más dispuestos a aceptar las imperfecciones resultantes cuando se tratan de combinar ambas cosas.

P.- ¿Ha tenido la poesía algún tipo de influencia en su narrativa?

R.- Sí, por supuesto. Mucha. Yo solía escribir poesía, poesía mala, cuando empecé en esto de escribir, y desde entonces he leído un montón de buena poesía. Me recuerda todo lo que el lenguaje puede ayudarte a conseguir.

P.- Su primera novela se publicó en 1999, y ésta, en 2014, ¿le costó, como a la protagonista, enfrentarse al segundo asalto?

R.- Sí. Estuve a punto de tirar la toalla. Pero no hubiera sabido qué más hacer. No soy buena en nada más, así que no tenía otro remedio que seguir adelante. Cuando los escritores jóvenes me piden un consejo, siempre les doy el mismo: "No tengas un plan B. Si lo tienes, lo usarás".

Laura Fernández - El Cultural (El Mundo)