La prensa dice

22 ago
2014

Entrevista a Eduardo Halfon sobre "Monasterio" en Blisstopic

Por Milo J. Krmpotic’

[Para leer esta reseña en Blisstopic, haz clic aquí]

La duda del camaleón

El lugar común invita a escribir sobre lo que uno conoce íntimamente pero, en el caso de este guatemalteco formado en Estados Unidos, cada dato objetivo ampara un enigma identitario, y es en esa extrañeza donde su literatura tiende a hacer palanca. El último ejemplo de ello ha sido “Monasterio” (Libros del Asteroide), recuento de su experiencia como judío no practicante, dueño además de un 75 por ciento de sangre árabe, en Jerusalén, capital mundial de la esquizofrenia religiosa.

Cabe entender que cuanto relatas en “Monasterio” tiene una base más real que fabulada. Si no yerro en esa apreciación, poner por escrito el viaje a Jerusalén para asistir al matrimonio de tu hermana con un judío ultraortodoxo, ¿hasta qué punto modifica esa experiencia? Lo que modifica la experiencia no es la literatura, sino la memoria. Es la memoria la que falsea y recrea a su antojo. Creo que la literatura no modifica la experiencia, sino que parte de ella, o surge de ella, o hace de ella una cosa mayor. Es decir, en mi forma de trabajar, la línea de arranque es siempre la memoria de alguna experiencia propia, de algún viaje, de alguna persona que conocí, de algún evento de mi infancia o adolescencia, de alguna imagen o tatuaje en el antebrazo de mi abuelo. Pero al escuchar el estartazo y empezar a correr con palabras, lo importante para mí ya no es la memoria de esa experiencia, sino cómo me la imagino, o cómo me gustaría imaginármela. La literatura, entonces, más que la vida misma, es la vida imaginada.

Más que de literatura del yo, hablaría en términos de diálogo que estableces contigo mismo: el Eduardo Halfon sobre el terreno frente al Eduardo Halfon que regurgita el recuerdo y reflexiona al respecto. ¿Sales de la redacción del libro con alguna duda resuelta? Digamos que el proceso de escritura, en mi caso, es poner en palabras algunas dudas que ya intuía, que estaban ahí nomás, al alcance, pero apenas discernibles entre tanta bruma. Supongo que escribir literatura me ayuda a vislumbrar esas dudas, a arrojarles un poco de luz mientras escribo, pero jamás a resolverlas. Y es que la literatura no es una resolución sino una corazonada, un sutil perfume en el aire, una palabra en la punta de la lengua. Cabe mencionar que en el momento que termino de escribir, que cierro el cuento o la novela, vuelve a cegarme esa bruma, y entonces también vuelvo a perder cualquier noción de tantas dudas que están ante mí. Pero a lo mejor algunas quedaron escritas. Y el único que ahora puede resolverla es, quizás, el lector.

“Monasterio” es, en cualquier caso, una obra ajena a certezas. Quizá las únicas presentes sean las de la sangre, pero te cuidas mucho de proyectar sobre ellas el pesado equipaje del prejuicio cultural o religioso. De hecho, cuanto más exigente la expectativa, más a la defensiva tu reacción, como cuando decides no asistir a la boda… Es como si sentaras que la duda, aunque duela, vaya y pase, pero doblegarte al dogma te convertiría en cornudo y encima apaleado. Me asusta cualquier tipo de certeza, o cualquier persona o grupo que pretende tenerla. Y sí, mi reacción ante ella tiende a ser defensiva o aun cínica. Creo que este constante escepticismo es fundamental en mi obra, en mi manera de narrar. El narrador (es decir yo) siempre duda, siempre se cuestiona, siempre dice algo y luego duda de lo que ha dicho y luego se contradice. El narrador (es decir yo) no sabe nada.

Tu hermana, en cambio, abraza la ultraortodoxia. Pero el libro no se centra en ella, como si en el fondo esa fuera la elección más sencilla, menos necesitada de explicaciones. ¿Es “Monasterio”, en ese sentido, una suerte de justificación, la confesión de cuanto te impide seguir el mismo camino que una persona tan cercana, con la que compartes genes y crecimiento? No sé si el libro es una suerte de justificación o confesión o pretexto para acercarme a una hermana. No podría decir qué es, ni por qué es lo que es, ni siquiera por qué lo escribí (nada más recuerdo una imagen inicial, una primera página, un aeropuerto en llamas como punto de partida). Nunca sé por qué escribo lo que escribo. No quiero saberlo. No es eso lo que quiero. Lo que quiero es esto: que mi literatura sea como la música de un violonchelo.

halfon2

Sin por ello justificar o explicar nada, ¿dirías no obstante que la ortodoxia suele ser la elección sencilla? ¿Que la duda es el camino más difícil? Alguna vez me dijo un judío ortodoxo, acaso un rabino o mi hermana o su marido, no recuerdo, que un judío jamás pregunta el porqué de algo escrito en los textos sagrados. Pero ese mismo precepto podría aplicarse a cualquier ortodoxia, a cualquier iglesia o dogma religioso. No dudar. No cuestionar. Obedecer a ciegas, calladamente, sumisamente. La duda, entonces, es siempre más difícil, pero también es sediciosa.

¿Y por qué, ahora que lo pienso, un violonchelo? ¿Por qué precisamente ese instrumento para ilustrar la metáfora? Porque el violonchelo, como alguna vez dijo Pablo Casals, es la mujer hermosa que no envejece con el tiempo, sino que se vuelve más joven, más delgada, más flexible, más ágil.

La rareza que experimentas en Israel como judío con un 75 por ciento de sangre árabe, ¿es un reflejo de la que sentiste al regresar a tu país, Guatemala, tras pasar la adolescencia y los años de universidad en Estados Unidos? Es la misma rareza que siento en cualquier lugar. Estoy ahí y no estoy ahí. Simulo pertenecer. Me disfrazo o mimetizo hasta parecer uno de ellos, sin jamás llegar a serlo. Así sobrevivo, supongo. Disfrazado. Mimetizado. Como un camaleón. Como Zelig.

Lo defines como si se tratara de una cuestión de supervivencia. La rareza como amenaza doble, para el statu quo (que buscará erradicarla en cuanto anomalía) pero también para quien la detenta (en cuanto podría verse erradicado). Y sin embargo, la exhibes con tu escritura, la necesidad de expresarla, de encontrar el paréntesis de luminosidad entre bruma y bruma, acaba pesando más que el instinto de autoprotección... En mi escritura se exhibe todo aquello que no quiero o no me atrevo a mostrar o decir en mi vida cotidiana. Mientras escribo, mientras busco ese efímero paréntesis de luminosidad, siento la necesidad de expresarme sin filtro alguno, de abrirme, de confesarme conmigo mismo, de siempre dejar una parte de mí en ese puñado de páginas. Mientras escribo, brevemente, dejo de ser un cobarde.

Has residido en Estados Unidos, en Guatemala, en España… ¿Dónde te sientes más cómodo? ¿La multiplicidad de patrias es un privilegio o acaba implicando una ausencia de la misma? No me siento cómodo en ninguna parte, pero puedo estar en cualquiera. No sé por qué me he sentido siempre como un extranjero, esté donde esté. Quizás surge de algo íntimo, de una insatisfacción personal. Quizás es algo que aprendí de mis cuatro abuelos. Quizás desde niño, desde el día que cumplí 10 años y huimos con mi familia de Guatemala a Estados Unidos, fui educado así. Quizás forma parte de mi herencia. Es un privilegio, lo sé, poder moverme por el mundo más o menos a mi antojo. Pero también es un lastre, una ausencia que siempre viaja conmigo. No tengo casa. No he echado raíces en ningún pedazo de tierra. Es decir, necesito estar en esa diáspora permanente, en ese movimiento perpetuo, pero al mismo tiempo añoro quedarme. Hay dos fuerzas simultáneas en mí: una que me empuja a moverme, y otra que me hace desear no moverme, echar raíces, sembrar un roble, hacer pequeñas rayas en la pared para marcar el crecimiento de un hijo o un nieto.

Monasterio. Eduardo Halfon. Libros del Asteroide. 128 págs. 13,95 €.

Por Milo J. Krmpotic’ - Blisstopic