La prensa dice

17 jun
2014

Entrevista a Eduardo Halfon sobre "Monasterio" en Revista de Letras

Por Franco Chiaravalloti

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Empezar a escribir sin saber cómo demonios acabará todo. Tirar del hilo de las obsesiones y las preguntas que desde niños nos arañan la conciencia. Y transformar todo eso en un proyecto literario con punto de partida, pero no de llegada. Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) es una de las voces más sólidas y arriesgadas de la actual narrativa latinoamericana, autor de una decena de obras que han conseguido arrancar aplausos a ambos lados del charco. Hace algunos años se embarcó en la peripecia de escarbar en los secretos de su historia familiar, nada fácil para un judío que aborrece el judaísmo, donde el pasado se oculta bajo siete llaves y, por si fuera poco, habiendo crecido en un país católico hasta la tripa. Así concibió una telaraña literaria iniciada en 2008 con El boxeador polaco y seguida en 2010 con La pirueta. Hoy presenta la tercera pieza de este puzle, Monasterio (Libros del Asteroide), en la que el protagonista –también llamado Eduardo– se ve obligado a acudir a Israel para presenciar la boda de su hermana con un judío ortodoxo, lo que desencadena una necesidad –en el personaje y en el autor– de comprender in situ una religión incomprensible, y que, en cierto modo, ha bosquejado una vida regida por el nomadismo, tanto geográfico como espiritual. Puede que por todas estas razones no sea casual que me haya encontrado con Halfon en un bar llamado “El quinto pino”, del barrio barcelonés de Sant Gervasi, para charlar de letras, de creencias y de apatías varias.

Tus personajes viven permanentemente en conflicto con sus orígenes, desarraigados, como en una nada territorial.

Soy yo el que se siente desarraigado. Lo traigo de fábrica. Me fui de Guatemala cuando era pequeño, y eso hizo que no solo me quedara sin tierra sino también sin lenguaje, ya que el inglés reemplazó al español. Para mí el desarraigo es un estado normal, no siento desasosiego en ello. Cuando encuentro a personas con el mismo dilema me siento atraído, y me acerco a ellos a través de la literatura.

Aunque no sientas desasosiego, convengamos que lo que buscas son respuestas, descifrar tu desarraigo. De ahí este proyecto literario.

Descifrarme, sí, pero como hombre y no como autor. Yo no puedo hablar del hombre con mayúsculas. No sé qué es ese concepto de modo universal. Solo soy capaz de acercarme a un individuo: a un niño que se salvó del holocausto, a un pianista serbio… Y así pretendo llegar a la condición humana a través de un solo hombre. Es un proceso inductivo.

Los hasta ahora tres títulos de este proyecto están relatados por un único narrador, Eduardo, que echa mano de los mismos temas y personajes en cada obra para hacerlos más y más profundos.

¿Te digo la verdad? No tengo ni idea de qué es todo esto. Se está armando ante mí de una manera muy espontánea, sin una arquitectura previa. Podría decirte que no lo estoy gestando yo sino que se está gestando ante mí. El boxeador polaco, por ejemplo, contiene seis cuentos. He adoptado aquel libro original como matriz porque a partir de él van saliendo otros textos. Uno de esos cuentos luego se convirtió en el capítulo número dos de La pirueta, pero reescrito; hay otro relato de aquel libro que se llama “Fumata blanca” y que, reescrito, en Monasterio también es capítulo.

Del mismo modo que Cortazar con 62, modelo para armar.

Exacto. Creo que estoy haciendo una especie de Rayuela. Que, para mí, es una de las analogías más claras de mi proyecto, porque puedes brincar para aquí, después retroceder para allá…

Tanto en Monasterio como en las otras dos obras del proyecto destilas una incomodidad aplastante hacia el judaísmo.

Sin dudas. Pero, ojo, que esto no es mío: el sentimiento de incomodidad es algo eminentemente judío. El católico no se pregunta por qué es católico, el judío siempre se está cuestionando por qué le ha tocado ser judío. Yo rechazo el judaísmo abiertamente, no soy judío. Esas bromas que introduzco en el libro –“soy judío a veces”, “ya me jubilé del judaísmo”– son solo a medias, porque lo que realmente quiero es entender mi origen. Y de todo esto surge una relación de rechazo y búsqueda a la vez: no lo quiero pero lo quiero.

Y, para entender, qué mejor que enfrentarse: por ello empujas al protagonista de Monasterio a que se moje, y lo obligas a viajar a Israel para participar de la boda de su hermana con un judío ortodoxo, nada menos.

El protagonista vivía escondido en su Guatemala natal evitando el tema, toreándolo siempre. Las cuestiones familiares lo fuerzan a enfrentarse a esa incomodidad y a su constante sensación de no pertenencia.

Es muy ilustrativo su modo de mirar rituales que le resultan tan absurdos, como aquella ceremonia ortodoxa en la que participa y que olía “a sudor, a tafetán, a gente encerrada”. El protagonista vuelca ante todo eso una mirada primero objetiva, pero después de total desprecio.

Sí, hay un rechazo ahí. Creo que es importante lo que dices sobre la mirada objetiva. Incluso para las cosas propias, para los rituales o situaciones familiares el narrador está siempre fuera, a veces con cinismo, a veces con rechazo, a veces con crítica y a veces, solo, con una mirada de extranjero.

Y que también te da la ventaja de relativizar lo absoluto. En cambio ellos están sumergidos en su ortodoxia, incapaces de cuestionarse nada.

Para ver algo objetivamente tienes que aprender a despojarte de lo que te rodea. No puedes ser objetivo desde dentro. Como escritor, era necesario alejarme de mi familia y del judaísmo para escribir. ¿Pero cómo le explicas eso a tu familia? No puedes. No hay manera de que alguien pueda entender por qué te estás alejando de su mundo, de su religión, de su casa, de sus festividades. Para escribir estas situaciones tan íntimas era necesario despojarme.

¿Dirías que el punto neurálgico alrededor del cual giran todas las obras de este proyecto es la historia de tu abuelo, cuando escapó de Auschwitz?

Sí. Ese hecho se torna el sol, el núcleo de esta galaxia. La imagen de la que nace ese cuento, y por ende todo este proyecto, me viene de niño: mi abuelo llevaba tatuado en su brazo el número de prisionero de Auschwitz; cuando yo le preguntaba qué era eso, él me decía “mi número de teléfono”. Ahí surgió mi deseo de querer entender. Ese brazo tatuado fue la foto que yo tenía en mi mente cuando empecé a escribir el primero de estos libros. De hecho, la primera línea del cuento “El boxeador polaco” es ese número, el 69752.

Imagino la de relatos que te habrá contado tu abuelo sobre aquellos momentos en Auschwitz.

No. Nada de relatos. Mi abuelo llegó a Guatemala en el 46 y desde entonces nunca contó nada. Por eso decía lo del número de teléfono en el brazo. Indirectamente indicaba “no quiero hablar”. Y no habló. Durante sesenta años no contó nada. Hasta que de pronto, diez años antes de morir… habló. Solo la cercanía de la muerte le motivó a dejar testimonio.

¿Fue esta revelación la que te empujó –a ti como autor, y al protagonista de Monasterio– a viajar a Polonia y cerrar ese círculo?

No a cerrarlo pero sí a acercarme. Estas heridas no pueden cerrarse, solo puedes aproximarte. Mi abuelo ni siquiera eso quería. Ni mi madre, ni nadie de mi familia. Todos me decían: “no hay que ir”, “¿por qué vas allí?”. No lo entendían. Pero yo lo necesitaba, porque quería saber de qué trata esa herida, cuál es su origen.

¿Y ese viaje consiguió echar luz a tus preguntas?

Mucha. No la suficiente pero mucha. Y por eso en Monasterio se ven los primeros destellos de algo polaco. Algo polaco que está sucediendo ahí.

Ante tanto tema espinoso, me ha sorprendido cómo entrelazas un recurso inesperado: el erotismo.

Hay dos elementos que me interesan mucho. Uno es el erotismo solapado; no el acto sexual en sí, sino el preámbulo, el coqueteo. Y lo segundo es el humor: la broma, reírse de uno mismo. Si te das cuenta, introduzco estos dos aspectos en los momentos de mayor tensión; así, por contraste, una escena seria se hace aún más seria. No sé si esto es cierto, ni tampoco sé si me sale, pero me da la impresión de que cuando utilizo estos dos recursos la escena me conmueve, me provoca una sensación de solemnidad.

Aquí en España suele verse a la literatura centroamericana como una bisagra entre el norte y el sur del continente. ¿En qué afecta esta posición a sus temas y tratamientos?

Centroamérica es una región muy pequeña conformada por países pobres y muy analfabetos. Y a pesar de ello hay una rica tradición literaria, especialmente en Nicaragua con sus poetas y en Guatemala con sus cuentistas. Sin embargo, no hay comunicación entre los países. Visto desde fuera puedes pensar que es una región cuyos países pueden agruparse en términos literarios, pero la realidad es que no tenemos demasiada idea de lo que hace el vecino. Por eso no existe la literatura centroamericana como conjunto.

¿Y eso no le quita personalidad?

Le quita personalidad y le quita salida. Si te pregunto que me menciones autores centroamericanos actuales quizás podrías darme solo tres o cuatro: Sergio Ramírez, Rodrigo Rey Rosa, Castellanos Moya… y poco más. Para mí es aún más difícil, porque vivo tan lejos que no estoy metido en el agua. No tengo mucha idea de lo que pasa allí.

Pero supongo que la crítica de tu país te engloba dentro de la literatura guatemalteca.

No. Tendrías que preguntarle a ellos, pero yo creería que no, que me ven paralelo al canon guatemalteco, porque no escribo ni como guatemalteco ni de temas guatemaltecos. Es curioso, el otro día entré en una librería, busqué El boxeador polaco y estaba catalogado como literatura de Europa del Este. A lo mejor fue por el título, pero en Guatemala sucede esto. La gente tiende a verme como un autor extranjero.

Quizás ello ocurra porque uno de tus temas principales es bastante ajeno a Guatemala: hablar de judíos en un país donde hay tan pocos judíos.

Se suele decir que hay cien familias judías en Guatemala, aunque con mucha presencia en la sociedad. Hay, de hecho, tres sinagogas. Tiende a ocurrir lo que pasa con todas las comunidades judías del mundo, que se agrupan, quizás, como estrategia de supervivencia. Pero para mí lo extraño fue crecer en una familia judía dentro de un país eminentemente católico, donde todos tus amigos son católicos y celebran la primera comunión, la Navidad… ¿Y yo por qué no?, me preguntaba. Yo quiero un regalo para Navidad, yo quiero primera comunión. Desde niño solo puedes ver el partido desde el graderío, pero nunca te dejan jugar.

¿Crees que esta contradicción habita en muchos judíos?

Existen dos extremos. Por un lado está la voluntad de cortar de raíz con tu propio judaísmo, lo que provoca una lógica ruptura familiar. Y el otro extremo es aceptarlo, dado que la presión es muy fuerte. En mi caso el rechazo tiene razones literarias, porque me interesa este conflicto como literatura, y estoy dispuesto a aceptar las consecuencias que eso genere. Es parte del juego.

Esas consecuencias, supongo, tienen que ver con el repudio que habrás cosechado por parte de la comunidad judía ante tu postura.

He tenido respuestas negativas, sí, pero no frontales. Me llegan de soslayo, por terceras voces.

¿Y cómo te lo tomas?

Son totalmente válidas, su lectura es su lectura. Si quieren leerme de cierta manera, están en todo su derecho. Aunque preferiría que me lo dijeran en la cara.

Quizás te entusiasma levantar esta polvareda.

De hecho lo busco, sí. Hay ganas de joder ahí, de generar debate y tomar postura. Venga lo que venga. Cosa que no hago en la vida real, dicho sea de paso. En la vida real suelo evadir el conflicto.

¿Eres más diplomático en la vida real?

Más bien soy un hipócrita. (Risas). El narrador de Monasterio, en cambio, tiende a ser un poquito más valiente. Toma postura respecto a una situación política y a una situación de vida.

Y tú tomas postura con la literatura.

Sí. Yo a través de la literatura tomo voz. Mi voz surge y crece cuando escribo. En cambio, en la vida real soy tímido para decir las cosas.

Así es como concibes tu proyecto. Una aventura en constante crecimiento, pero a ciegas.

Una aventura arriesgada, diría también. Como te decía antes, no sé adónde voy. Estoy publicando mientras escribo. Tengo muchas ideas hacia dónde puede llevarme el siguiente libro de este proyecto, pero las ideas no valen. Tiendo a escribir mucho cuento, de hecho Monasterio es un cuento, o un cuento formado por varios cuentos, por retazos. Y hay unos cinco o seis que pueden formar el siguiente volumen. Pero ahora es cuando ha de entrar el ingeniero Halfon a poner orden. Siempre con la misma historia y el mismo narrador.

Hasta que veas que el tema está agotado. O hasta que te canses.

O hasta que me muera.

Por Franco Chiaravalloti - Revista de Letras