La prensa dice

9 dic
2006

El rostro y su máscara, por Miguel Sánchez-Ostiz

Conviene recordar que El quinto en discordia (1970), del canadiense Robertson Davis, primera parte de la Trilogía Deptford, que narra las vidas de caminos entrecruzados de Paul Dempster, Boy Stauton y Dunstan Ramsay, con todos sus complejos avatares personales, familiares, sociales, se cerraba con la muerte en extrañas circunstancias del magnate Boy Stouton, tras las apariciones estelares del mago Magnus Eisengrím y de la experta en atrezzos y mecanismos de relolería, Liselotte Naegeli, con su . Mantícora (1972), su cuando menos continuación cronológica, colma con creces todas las expectativas narrativas abiertas oor la historia de Dunstan Ramsay, contada por él mismo (como rezaban los buenos relatos autobiográficos), el amigo de la infancia de Boy Stouton. Ahora se trata de la vida y pocos milagros de Stouton a través de su hijo David, obsesionado por la muerte del padre, quien al borde la cuarentena emprende el viaje al fondo de sí mismo hasta conseguir ponerse en disposición de ser el héroe de su propia vida, que ese y no otro es el sentido del viaje propuesto por Davies.

Poco habría que añadir, en cuanto a la maestría narrativa de Davies. a su humor, inteligencia y erudición se refiere, a lo ya dicho a propósito de El quinto en discordia, pero si algo de verdaderamente valioso tiene ese escritor es su combate personal, pero contagioso, por efectivo, contra las muchas añagazas de la época, entre las que se encuentran la chata asunción de la propia mediocridad, la inutilidad de cualquier combate y rebeldía contra el medio, la propia condición y todo aquello que aparece como un destino ineludible y en la práctica impidevivir plenamente la vida.

Para Davies el relato siempre desgarrado de la propia vida tiene un obietivo: librarse del peor enemigo, no entregarse a la deserción y al adocenamiento, llevar a cabo un viaje interior liberado¡ a pesar del dolor que ello lleva consigo. Poco importa que, como en este caso, sea a través del relato, no tan convencional como puede temerse, de un análisis de corte junguiano, con todas sus implicaciones míticas y simbólicas que, en manos de Davies, se hacen de verdad gratas, estimulantes, más que otra cosa. La lectura de Mantícora dista mucho de ser impune, entre otras cosas porque habla de asuntos de los que nadie quiere hablar y que han desertado de la moderna escritura novelesca: el sentido de la propia existencia, entre muchos otros.

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