La prensa dice

1 ene
2006

El pavor... el pavor, por Gabi Martínez

Apoteósicos, los tres últimos capítulos de Hogueras en la llanura justifican una vida entre letras. En especial ese Dia rio de un loco donde Ooka concentra una serie de perturbadoras conclusiones después de haber desplegado su particular manual de la degradación paso a paso (o cómo convertirse en otro tras una visita al averno). La crueldad de partida -un tuberculoso a quien el ejército japonés expulsa a la jungla en plena cont¡enda, para que muera sin molestar- se sostiene durante toda la novela evidenciando que no hay "nadie capaz de aportarte socorro"... desinteresado. El protagonista de esta exhibición de Generosidad Cero se llama Tamura, es ateo y tiene mucho en común con el autor, que combatió en una isla filipina durante la Segunda Guerra Mundial. El hambriento vagabundo es engullido por una naturaleza también inhóspitamente abrumadora, y por eso algunas descripciones son tan fatigosas como necesarias para dar la medida del hombre y su agonía. Enfermo y rodeado de enemigos -de un bando y del otro-, Tamura resiste hasta que mata a una mujer. Su cabeza da un giro, se aboca al horror desnudo, le tienta el canibalismo y, mientras cae física y espiritualmente, hace una relectura del amor -"iqué suponía a fin de cuentas matar un corazón para alguien como yo, que ha matado personas en suintegridad corporal y anímica?"-, del hecho de comer, del azar, preguntándose cómo después de tantas guerras la gente sólo asume su barbarie tras padecer los espantos en persona. Al final de este trastornadorepaso a lo peor del ser humano -que Ooka administra sin aspavientos ni espectáculo-, Tamura recuperará la idea de Dios deduciendo que, si existe, su naturaleza es sin duda "pavorosa".
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