La prensa dice

1 abr
2007

El maestro Juan Martínez que estaba allí, por J. Ernesto Ayala-Dip

El periodismo español de la primera mitad del siglo XX dejó prosistas de relieve. Gente con un desarrollado instinto para la pincelada rápida y definitiva. Se suele citar a Julio Camba, Josep Pla y González Ruano (cuya biografía sobre Charles Baudelaire, por cierto, no hay que despreciar). Yo agregaría a Gaziel, autor de verdaderas joyas de la decodificación político-sociológica de la España de la Guerra Civil y de la posguerra franquista. El maestro Juan Martínez que estaba allí; del periodista sevillano Manuel Chaves Nogales,es uno de esos libros que aúnan estilo (que no la tan temible voluntad de estilo) y sentido del presente. Este mismo autor escribió otro libro fundamental para entender sin anteojeras cómo se fueron desarrollando los acontecimiertos más relevantesde la Segunda República española. Me refiero a A sangre y fuego. Héroes bestias y mártires de España. Azañista reconocido, Manuel Chaves Nogales se desplazó a París para hacer un reportaje sobre los exiliados rusos. Conectó allí con Juan Martínez bailarín de flamenco que había tenido la suerte y la desgracia de ser testigo de la Revolución Bolchevique de 1917. Suerte, porque no pasa todos los dlas que uno se cruce así como así en la calle con una Revolución de esa magnitud histórica. Y desgracia, porque tal vez habría sido mejor que no viera lo que vio.

Una operación literaria

Chaves Nogales habló con el bailarín. Y este le contó lo que años atrás sus ojos habían registrado. Martínez y su mujer Sole estaban trabajando en Constantinopla. Estalló la Primera Guerra Mundial y eso los obligó a marchar a otros países fronterizos. Llegaron a rusia. Corría el año 1917. Así, a salto de mata, estuvieron entre Moscú, Odessa y Minsk durante seis años. El asalto al Kremlin, escaramuzas sangrientas, rusos blancos matando a revolucionarios, revolucionarios matando a rusos blancos. Lo que hace que este libro adquiera tanta importancia es su suma de documento y literatura. Chaves Nogales apenas interviene en las primeras páginas. A partir de allí, el que tiene voz es el bailarín. No cabe ninguna duda de que estamos ante una operación literaria. Un trabajo de vaciado histórico en pos de un rango ficcional. Este relato tuvo lugar en 1934. El lector no sabrá si lo que lee es lo que contó el bailarín o lo que Chaves Nogales fue recogiendo de los múltiples exiliados rusos que se encontró en el camino. Estamos. por tanto ante un texto absolutamente neutro. Nadie juzga (salvo leves adjetivaciones): solo leemos el transcurrir de los trágicos sucesos de la barbarie humana que se desata, de los prejuicios (incluidos los del propio narrador que no abandona un cierto e inconsciente tufillo antisemita, que por cierto Trapiello en ningún momento señala en su prólogo). Chaves Nogales logró un libro de impecable compromiso político. Y lo logró sin la resabida literatura comprometida.

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