La prensa dice

27 sep
2008

El fin del verano, por Mercedes Monmany

Casi totalmente desconocida en nuestro país, la escritora norteamericana Ann Beattie (Washington, 1947) publicaría en 1976 una excelente y hoy ya mítica obra generacional, Postales de invierno, en torno a la melancólica despedida, o regreso a la realidad y a la edad adulta, esta vez sin mayores interrupciones, tras la alegre borrachera floral de los sesenta. Una novela que transcurría no en carreteras polvorientas ni en psicodélicos conciertos multitudinarios, sino en lúgubres apartamentos compartidos por gente que entraba y salía hacia destinos no mucho más prometedores. Gente que luchaba sin muchas ganas por encontrar o mantener como fuera primeros trabajos nada ilusionantes, y sí muy grises y algo embrutecedores.

La historia está protagonizada por un joven héroe postcatártico, Charles, cuyo desencanto y escepticismo de viejo prematuro que ya ha visto casi todo es fruto directo de «el fin del amoroso y dorado verano de los sesenta, como fin del mundo, antes de estallar la metástasis de los setenta, en versión Twiligth Zone», como muy genialmente lo define el escritor Rodrigo Fresán en su clarividente prólogo. Un prólogo que recuerda otros trabajos suyos memorables, como su análisis de la obra de ese gran tótem llamado John Cheever, posiblemente uno de los referentes más adecuados a la hora de hablar de esta seca y descarnada escritora, no exenta de dosis de inflamado y loco romanticismo. Una primera novela, la de esta lucidísima y penetrante autora a la que luego esperaría una brillante carrera como cuentista, que en el momento de su aparición fue definida en su país como «la mejor novela sobre juventudes desencantadas desde El guardián entre el centeno en los cincuenta y Trampa 22 en los sesenta».

Humor gélido. Leerla y penetrar en su receloso y desmoralizado mundo de jóvenes de los setenta, aún fanatizados por la música, pero instalados tras la fiesta y el fumadero de hierba generalizado que fueron los sesenta en una especie de correccional culpable y lleno de pánicos, es como acercarse a una hermana cínica y lacónica de Raymond Carver, dotada de un formidable y escalofriante humor gélido que parece haber sobrevivido a los peores augurios de después de la catástrofe. La autora parece investirse del papel de madre sarcástica y aguafiestas que nadie quiere invitar ya a las reuniones y a la que, décadas más tarde, las encantadoras chicas de revista Vogue de Sexo en Nueva York querrían meter debajo de la alfombra por fijarse en cosas tan vulgares como vendedores de chaquetas en paro, repugnantes chuchos recogidos de perreras, pizzas de pimientos o esa melodía incesante que sale de cualquier jukebox de bar siniestro: música cantada por «palurdas del Sur», las únicas que parecen tener «algo de sentido común» y que saben amar de verdad a un hombre.

Estamos en 1975. En los cines siguen pasando 2001: Una odisea del espacio, Janis Joplin y los hippies se han esfumado, la gente está leyendo en esos momentos a Pynchon, Salinger hace tiempo que han entrado en el Olimpo, Bob Dylan canta Like a Rolling Stone, en la radio suena My Sweet Lord, de George Harrison, las mujeres vuelven a llevar sujetador, las drogas parece que ya no corren como antes por la Universidad y «ya nadie hace gran cosa». Todo parece indicar que la edad de los sueños y de las navegaciones excitantes tocó a su fin y que es «demasiado tarde para ser felices». Todo ha pasado muy rápido y todo se hace velozmente perecedero e ilegible para «los críos» que creen que «Woodstock fue una fiesta de disfraces» y a los que «los sesenta no les abrieron los ojos».

De naufragio en naufragio. En esa temperatura ambiente, Charles, el personaje protagonista, que trabaja en una oficina y «cuya única ideología o gesto político pasa por intentar recuperar a la mujer que ama» (como se dice en el prólogo), una chica dulce y desorientada que ha vuelto con su marido, constructor de «chalecitos suizos», es el encargado de parchear en lo posible los diversos naufragios que flotan a su alrededor: una madre totalmente desquiciada y atiborrada de pastillas, aficionada a sumergirse durante horas en bañeras humeantes, de donde hay que ir a sacarla; un padrastro infantilizado y bastante pelmazo que, bebido o no, no para de quejarse de que no le quieren; una hermana de diecinueve años, novia formal de un médico, que «lee libros baratos de gente que se recupera de su infancia gritando», y, por fin, un único amigo, Sam, que se acabará instalando en casa de Charles como parado crónico de larga e indefinida duración.

Sam y Charles se pasan la novela deprimidos, uno porque ha perdido a su novia y otro porque se le ha muerto la perra. Las conversaciones de esta genial e impasible pareja literaria, una especie de Doctor Johnson y Boswell de algún rincón frío y deslucido de la Costa Este esta-dounidense, son la columna vertebral de la novela. Diálogos glacial e irónicamente plasmados en todo su vacío y desgana espectral por esta taladradora de instantes fugaces que es Beattie. Conversaciones de sala de espera a lo Beckett que, a fuerza de ser demenciales y perderse en un laberinto sin fin de disquisiciones filosóficamente insolubles (¿por qué su marido la conoció antes que yo?, ¿de verdad Rod Stewart se ha muerto?), acaban siendo sin duda lo mejor de la novela.

ABC