La prensa dice

25 sep
2006

El esplín de los gandules, por Miguel Sánchez-Ostiz

Mansiones fabulosas, arrendatarios serviles, lujo a raudales —, traíllas, caballos, monterías, Daimlers, parques, obras de arte, herencias (cuyo papel balzaouiano es fundamental en las vidas sobre las oue se sustenta el relato: la de la autora incluida). Oxford hecho icono de referencia, prejuicios de casta y de raza, etnocentrismo cretinoide, privilegios intolerables, despilfarro... estp sería la topografía más llamativa del mundo, habitado fundamentalmente por gandules sin otra gracia que serlo, que Nancy Mitford, por haber nacido y crecido en él, disecciona sin piedad en una sátira que se sostiene no tanto por lo disparatado de las situaciones o lo extremadamente grotesco de los personaies, como por una prosodia sutil, en la que el léxico y la intención sarcástica de las frases más anodinas resultan asombrosos.

Vitriolo a raudales

Si A la caza del amor era un lujo literario, Amor en clima frío (1949), centrada en las andanzas y zascandileos de la tribu Alconleigh (la de la familia de la autora, ya explorada en la anterior novela), como de los esperpénticos Montdore, lord y lady, dueños de la fabulosa mansión Hampton, y de otra gente que aparece en escena horriblemente encantada de haberse conocido, no le va a la zaga en cuanto a situaciones hilarantes, vitriolo a raudales y maestría literaria, pero aquí, en este mundo de amores encontrados, contrariados y a contrapelo, de afectividad enferma más que enfermiza y de parasitismo social, un velo sutil, pero persistente, de melancolía, cuando no de franca tristeza, cubre el relato. Esos personajes no encarnan ni sueños ni mitos reconocibles. Ya fueron. aunoue queden las rebabas de sus andanzas nutriendo una narrativa de , es decir, pura caricatura.

En Amor en clima frío hay un lamento sordo (la jeremiada hubiese sido de peor gusto que la rebelión airada) por el propio destino, que podía haber sido muy otro, de no haber mediado tantos imoonderables educacionales y sociales, más que por las excelencias de un mundo que ya no daba más de sí, aunque por un lado sirviera para que Evelyn Waugh escribiese Retorno a Brideshead y, por otro, para que P. G. Woodehouse, nos divirtiera con su Club de los Zánganos, sus dandis y sus gomosos.

Frustración

Y no es tanto la biografía de la autora la que se trasluce en el tono que da vuelo al relato, sino algo más amplio, más generacional, no circunscrito únicamente a la aristocracia rural inglesa de entreguerras. Nancy Mitford escribe esta novela cuando ya ha pasado el huracán de la segunda Guerra Mundial llevándose por delante la casi totalidad del mundo que ella había conocido desde niña, pero sitúa a la narradora, Fanny Logan, la hija de la Desbocada, en Ios tiempos inmediatamente anteriores a la guerra, los años treinta, cuando los síntomas de descomposición de la sociedad estamental empiezan a ser alarmantes, lo que no impide que se celebren bailes travestis a la veneciana. Ella es tan náufraga como cualquiera.

Sí. claro. la hilaridad del lector es la segura respuesta a los fabulosos remedios terapéuticos de tío Davey, entre los que estaban las curdas, no para aquietar el alma como Montaigne, sino para hacer funcionar las glándulas; a los arrebatos de furia de tío Matthew, más patéticos que otra cosa; a los alardes de cruel estupidez de lady Montdore; a la estolidez de Polly, la fabulosa heredera desheredada de los Montdore, que no pasa de ser una "chica de Penagos"; a las cucamonas de Cedric, el dandi de Hampton, cuya filosofía se encierra en esta frase gloriosa que el lector encontrará en su sitio: <; pero, además de eso, en Amor en clima frío hay una sorda sensación de frustración, de asfixia, de destino vencido por falta de escapatoria, que es lo que da peso e intensidad dramática a la novela, y la aleja, y mucho, de aquellas novelas de gentlemen que desataban las iras de Chesterton. En el escenario de Amor en clima frío hace de verdad frío y la vida, la verdadera vida, no está allí donde la narradora vive, en una casita de Oxford, casada con un profesor de Teología Pastoral (apasionante asunto este para una novela), sino en otra parte. La sátira de Nancy Mitford da en alegato y el tiempo no hace sino afilarlo.

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