La prensa dice

28 ago
2010

Dos exilios ingleses, por Antonio Muñoz Molina

No es improbable que Arturo Barea y Manuel Chaves Nogales se cruzaran alguna vez en el Madrid de la República y en el de los primeros meses de la guerra. Nacieron los dos en 1897 y tuvieron vidas hasta cierto punto paralelas que sólo se encuentran en esta tardía posteridad en que los dos vuelven a ser leídos y en la que reciben una consideración literaria y política de la que no disfrutaron en España mientras vivían. Los dos son escritores en los márgenes de lo aceptadamente literario: Chaves Nogales, un periodista activo, de reportaje y de crónica, no de aquellos plomizos artículos de fondo que publicaban en los periódicos los escritores reconocidos de su tiempo; Arturo Barea, un autodidacta que encontró su vocación después de los cuarenta años, en medio de las urgencias y las angustias de la guerra, y sobre todo un poco después, en el exilio, en París y en Inglaterra. De Chaves Nogales, durante muchos años, sólo se conoció el Juan Belmonte que Javier Pradera volvió a editar en Alianza. A Barea muchos lo descubrimos cuando su trilogía de La forja de un rebelde se publicó por primera vez en España en los primeros ochenta, una época poco propicia a ese tipo de literatura. El olvido póstumo los había igualado a los dos. En los catálogos trabajosamente recobrados de la literatura del exilio no había mucho lugar para ellos. De Barea sabíamos vagamente que durante un tiempo fue muy leído fuera de España, pero no teníamos idea de la amplitud de su éxito. Y de cualquier modo, ni siquiera era seguro que La forja pudiera ser considerada literatura, en un país en el que existe el prejuicio de que literatura quiere decir ficción: ¿no eran más bien unas memorias algo descuidadas, un testimonio histórico?

Hay otra explicación más para el olvido de Chaves y Barea, que tiene también que ver con sus vidas paralelas. Si ninguno de los dos se ajustaba a las ortodoxias de lo literario tampoco respondían a las ortodoxias políticas de la cultura antifranquista, que podían ser tan excluyentes como cualquier ortodoxia. Tanto Chaves como Barea habían sido intachablemente republicanos, pero también muy libres en sus posiciones personales, y desde luego ninguno de los dos había pertenecido al Partido Comunista ni gravitado bajo su influencia. Los dos se marcharon al destierro, pero eligieron irse antes del final de la guerra. De nuevo el paralelismo del azar, la posibilidad de un encuentro del que no queda constancia: Chaves Nogales, que había dirigido en Madrid el diario Ahora hasta que el gobierno abandonó la ciudad el 6 de noviembre de 1936, se fue un poco después a París y allí permaneció sobreviviendo malamente en los cafés baratos y en los hoteluchos donde se alojaban los refugiados políticos de media Europa; a uno de esos hoteles llegaron en febrero de 1938 Arturo Barea y su mujer Ilse, un hotel llamado Delambre o De l’Alhambre en cuyo nombre quedó inscrito para los dos el recuerdo del hambre que pasaron en él.

En París, mientras se buscaban desesperadamente la vida, Barea y Chaves sintieron una urgencia semejante por encontrar las palabras que dieran forma a la experiencia íntima y colectiva del cataclismo español del que con tanto remordimiento habían escapado. Ninguno de los dos puso sus prejuicios ideológicos o sus lealtades políticas por encima de la torturada decisión de contar la verdad, lo que habían visto con sus ojos. El precio de esa actitud fue tan alto que los dejó en una intemperie dolorosa mientras vivían y siguieron pagándolo mucho después de la muerte: proscritos en el interior del país durante la dictadura por haber sido fieles a la legalidad republicana; incómodos o directamente inaceptables para la cultura política del exilio y la resistencia, porque la forzaban a mirarse en un espejo en el que se veían -se siguen viendo- con la misma claridad el heroísmo y el crimen. En una época en que la democracia parecía una antigualla por comparación con la modernidad de las dictaduras fascistas o comunistas, Chaves Nogales se definía a sí mismo como «un pequeño burgués liberal». Barea, que en España perteneció al Partido Socialista y a la UGT, en Inglaterra se afilió al Laborismo.

Desde la atalaya de París Barea y Chaves vieron con idéntica lucidez y amargura cómo los enjuagues de la política europea iban volviendo inevitable la derrota de la República española. Extranjeros en un país cada vez más xenófobo, refugiados políticos que se enfrentaban a diario al acoso de la policía, a la inseguridad sobre sus documentos, a la hostilidad sorda o descarada de la gente, Chaves y Barea experimentan en carne propia la descomposición gradual de una democracia que de antemano se ha rendido al nazismo. Venían de una ciudad hambrienta y sitiada que en noviembre de 1936 resistió sin más armas que la furia de la bravura popular el asalto de todo un ejército: en París les asombraba por igual la abundancia de comida y de luces en las calles nocturnas no oscurecidas por ninguna guerra y la inconsciencia frívola de quienes preferían no enterarse que la guerra también les alcanzaría a ellos.

Barea se marchó a Inglaterra en febrero de 1939. Chaves Nogales, periodista siempre, se quedó en Francia hasta el último momento, asistiendo al derrumbe, a la inaudita rendición sin lucha de un ejército poderoso y de una clase política podrida, escribiendo crónicas que se olvidaron muy pronto y que setenta años después, revelan una clarividencia luminosa, y también una esperanza insensata en lo que entonces, el verano negro de 1940, no creía casi nadie, la superioridad de la democracia sobre el totalitarismo. Leer hoy La agonía de Francia es encontrarse con una inteligencia política y una escritura de periódico que cortan el aliento, y también indignarse de que un libro así pudiera caer en el olvido.

En Inglaterra Barea tuvo una vida laboriosa y feliz, en gran parte gracias a la presencia de Ilse, que le dio el aliento que necesitaba para convertirse en escritor. Traducida por ella al inglés, La forja de un rebelde fue un éxito internacional. Después de tanto destierro, Barea se hizo ciudadano británico y llevó una apacible vida inglesa, en una casita de campo cerca del Támesis. Escribía, cuidaba el jardín, daba charlas en la BBC, cocinaba para sus amigos excelentes comidas españolas, guisos populares que le devolvían la memoria de los sabores de la infancia. Cuando murió en 1957 era un escritor internacionalmente conocido y respetado. Mis amigos Sonia y William Chislett encontraron su tumba en el cementerio de Faringdon y la modesta lápida dedicada a su memoria, según me cuentan muy descuidada ahora, sin que la embajada española haya mostrado mucho interés en restaurarla.

Da tristeza el destino más infortunado de Chaves Nogales, que al huir a Inglaterra tuvo que dejar atrás a su familia, y que a diferencia de Barea no encontró allí asideros sólidos para su vida ni para su escritura. Trabajo mucho y con poco fruto, como mal, duermo poco y me abandono, escribió en una carta. Murió en un hospital de Londres, en mayo de 1944. Cómo sería estar solo y sentirse morir después de una operación en un hospital de una ciudad en guerra.

El País