La prensa dice

15 oct
2009

Donde las mujeres, por Ricardo Menéndez Salmón

Desde sus inicios, Libros del Asteroide, la editorial que con sede en Barcelona dirige Luis Solano, viene faenando en el ingente caladero de la ficción norteamericana con singular acierto. Al descubrimiento del maestro canadiense Robertson Davies, han seguido nombres de escritores poco o nada conocidos por estos pagos, casos del exquisito Louis Auchincloss, el elegante William Maxwell, la cáustica Ann Beattie y ese extraordinario autor, de altura chejoviana, llamado Wallace Stegner.

El último hallazgo llegado desde el otro lado del Atlántico que Libros del Asteroide regala a sus lectores es Cuatro hermanas, la única novela que Jetta Carleton, nacida en 1913 y muerta en 1999, publicó en vida. Y a fe que, terminada la lectura de esta obra, uno da por bien empleada la larga vida de Carleton, a pesar de su escasa producción. Para qué escribir más después de haber urdido una obra como ésta no resulta, en el caso que nos convoca, una pregunta retórica. Porque mientras hay literaturas que con cincuenta títulos no pasan de primaria, hay otras que con un único libro se doctoran.

Cuatro hermanas narra la historia de una familia, los Soames, originaria de Missouri y formada por un padre, una madre y las cuatro hermanas del título, a través de un período que comprende desde la última década del siglo diecinueve hasta la guerra de Corea, constituyendo una de esas raras obras capaces de transmitir una impresión tan inmediata de verdad como la que emana de la contemplación de un paisaje o de un animal en libertad. Acostumbrados a sagas torrenciales, a medio camino entre un realismo docente con vocación testimonial y epígonos del realismo mágico a lo Macondo que, de Melbourne a Helsinki y de Mar del Plata a Pekín, tanto daño han causado a la literatura de las cuatro últimas décadas, la transparencia de Cuatro hermanas, alejada de la sociología pedestre y la teratología familiar, convierte la escritura de Carleton en un regalo.

Con ocasión de la publicación de su novela Cultivos, se quejaba el escritor y editor extremeño Julián Rodríguez de que detecta en la literatura contemporánea una tendencia a detenerse ante el sentimiento, a eludir la emoción, a hurtar la autopsia. La literatura de Carleton es, precisamente, la antítesis de esa epoché que Rodríguez pronostica como mal contemporáneo, pues el bisturí de la escritora opera allí donde la gran literatura ha encontrado siempre su teatro de privilegio: a corazón abierto. Así, el meollo de Cuatro hermanas es el conflicto entre realidad y deseo, escudriñado de modo magistral en las motivaciones del padre Matthew y de la madre Callie, y soberbiamente prolongado en los caracteres de cuatro hijas tan distintas entre sí como cabe esperar de una familia amplia. Una institución, la familiar, que, de Sherwood Anderson a E. L. Doctorow, pasando por Thomas Wolfe o William Faulkner, ha sido escenario de buena parte de la mejor literatura americana del siglo veinte, collar de muchas perlas al que, desde hoy, podemos añadir una joya nueva y esplendorosa.

La Nueva España