La prensa dice

25 nov
2006

Dolor en familia, por Miguel Sánchez-Ostiz

Al norteamericano William Maxwell (1908-2OOO), autor de Vinieron como golondrinas, se le ha conocido más como editor de la prestigiosa New Yorker oue como autor de una obra literaria en modo alguno desdeñable, pero que, al menos en el planeta de la literatura norteamericana, ha quedado eclipsada por esa otra faceta de editor de nombres de prestigio indiscutible.

Vinieron como golondrinas es una novela de la memoria, y desarrolla una historia triste más oue melodramática, no ya por la servidumbre de sentimentalidad forzosa que obliga al narrador, y con la que este a la fuerza se debate, sino tal vez por ser < y solo eso, con la carga doméstica que la mayoría de los novelistas evita, porque sospecha que ese perfume de rutina e intimidades de cuatro perras que las historias exhalan no interesa a nadie.

Hace falta tener mucho talento para acometer ese reto y pretender seducir a un lector más oroclive a andanzas novelescas de más ruido, y conseguirlo: el de Maxwell.

En Vinieron como golondrinas, William Maxwell narra la historia de una familia norteamericana de clase media sacudida por un drama privado, la muerte de la madre, al tiempo de la epidemia de gripe española que siguió a la Primera Guerra Mundial. El punto de vista es el de sus hijos (uno de ellos fácilmente identificable como el propio autor) y el de su marido viudo, un tipo autoritario y antipático, muy americano, caricaturesco a estas alturas, gracias a que se ha convertido en todo un personaje del guiñol costumbrista norteamericano. Tres personajes, cada cual herido a su modo, antes y después del fallecimiento de quien sostiene el núcleo familiar, que están aquejados de un notable desamparo vital y tienen vocación de náufragos.

El lector tiene entre las manos una gran novela, desprovista de sentimentalismos ñoños. pero de una delicadeza exquisita, sobre las tensiones que sacuden a un núcleo familiar de los que haría exclamar al poeta: ; pero que se sostiene, además de por las espesuras que le son propias, por emociones y pasiones de carácter universal, como la sobrevivencia al dolor que a todos nos acaba acometiendo y la necesidad de afecto y comprensión mutua en las mejores y en las peores circunstancias. No hace falta, enseña Maxwell, sino precisión y contención verbal en la expresión de los propios sentimientos y, sobre todo, no enmascarar estos, no caer en la tentación de la grandilocuencia.

ABCD las Artes y las Letras