La prensa dice

29 jun
2005

Diana, sus hermanas y Hitler

A Unity Mitford, cuarta hija de David Mitford, segundo Barón Redesdale, le cayó como segundo nombre Valkyrie, además de ser concebida según la leyenda en la nada probable localidad de Swastika, Canadá. Marca del destino o una excentricidad más de la familia, Unity se acabó pegando un tiro a los 25 años por amor a Adolf Hitler, aunque sobrevivió para vivir mentalmente dañada en Inglaterra el resto de sus días.

Los Mitford, padre, madre, hijo y seis hijas, fueron todos ellos personajes francamente peculiares, por decirlo a la educada manera de la clase alta británica a la que pertenecían y de la que no se libró (de su influencia) ni siquiera la quinta hija, Jessica, comunista convencida cuyo primer marido participó en la guerra civil española y que acabó convirtiéndose en afamada periodista en EE.UU., defensora de los derechos humanos en el mismo bufete que su marido y en el que debutó una tal Hillary Clinton. Con el mismo descaro elegante, Diana, la más bella de todas las hermanas, no tuvo reparos en ser la amante y después esposa de Osward Mosley, líder de los fascistas británicos.

Contrariamente a los aristócratas de Lo que queda del día de Ishiguro, los Mitford no se quedaron en su mansión a ver cómo la Historia iba a visitarlos. Ellos se lanzaron a la Historia de cabeza. O es que quizás la Historia había decidido que ya estaban de más, su clase, su mundo de aristócratas rurales. Cuando Nancy Mitford publicó su gran éxito Pursuit of love (A la caza del amor) en 1945, la crítica relacionó a Fanny, la narradora, con Elizabeth, la heroína de Orgullo y prejuicio de Jane Austen. Pero Jane Austen quedaba ya tan lejos como cercanas las bombas caídas sobre Londres durante la contienda. Pese a sus tendencias socialistas, Nancy se refugió siempre en el pasado,como su padre, autoexiliado en una isla escocesa con la única compañía de su ama de llaves. Jessica intentó regalar su parte de la isla al Partido Comunista Británico para fastidiar a su familia, pero el partido lo rechazó con una amable nota de agradecimiento. No sabían qué hacer con ella.

Prácticamente todas las hermanas escribieron, como mínimo, sus memorias, posiblemente para rebatir lo que la hermana anterior había contado sobre ellas. En realidad, y pese a todas sus diferencias, siempre mantuvieron el contacto, incluso Jessica sentía devoción por Unity, pese a su nazismo. Ahora coinciden tres libros que bien valen una lectura: no hay muchas familias como los Mitford.

Circe editó hace un tiempo, aunque vale la pena recuperarla, Las hermanas Mitford, mientras que los Libros del Asteroide se estrenan con una obra mayor, A la caza del amor, la mejor novela de Nancy Mitford, en la que la parodia de su extravagante familia constituye una especie de canto del cisne de un mundo, el suyo, que desaparecía ante sus ojos. Imposible dejar de leerla. Finalmente, Lumen publica una valiosa y muy bien documentada biografía: Diana Mosley. La aristócrata inglesa que fascinó a Hitler y a Churchill. Lo de Churchill es normal: eran primos y parte del endogámico entramado de cenas y visitas que formaba su sociedad.

Lo de Hitler es harina de otro costal y tal vez ni siquiera político: que Unity y Diana, dos mujeres arias, altas, rubias (Magda Goebbels se teñía, como descubrió Dianac uando se convirtió en su íntima amiga) y, sobre todo aristócratas inglesas, se interesaran por él hasta el punto de hacerse las encontradizas cada día en la cafetería donde el Führer solía comer no podía sino envanecer al en realidad inseguro líder nazi. ¿De dónde había salido la rebeldía de las chicas Mitford? El padre, Lord Mitford, tenía un carácter irascible, igual que el tío Matthew de la novela de Nancy. En realidad sólo tuvo un momento bueno en su vida: pegando tiros en la guerra de los boers. A la frustración de abandonar la vida militar tras ser herido le siguió el hecho de tener seis hijas y sólo un hijo, Tom.

En ese ambiente cerrado, sin ir apenas a la escuela, crecieron las hijas, convencidos el padre y la madre que la única educación que necesitaban para matrimoniar con alguien de su clase era un poco de francés, algo de piano y no decir jamás mirror ni notebook sino looking glass y writing paper. Ahí se demostraba de dónde procedía uno. Y tal vez si el mundo se hubiera quedado quieto a las hermanas les hubiera bastado con estirar la nariz y poner un acento imposible para ser felices. Pero las cosas se habían dispuesto de otra manera. Ya desde el principio, Nancy mostró una inquietante tendencia a enamorarse mal, empezando por Hamish Saint-Clair, un diletante estudiante de Oxford con quién su hermano Tom se había acostado. Algo por lo demás nada extraño entre los Bright Young People que tan bien describiera Evelyn Waugh, coetáneo suyo, en Retorno a Brideshead.

Por la misma época, Diana descubrió que su belleza la podía llevar lejos de los gritos de su padre, las peleas de sus hermanas y las estrecheces económicas que los obligaban a cambiar de casa cada cierto tiempo. Diana, como la Linda de la novela de Nancy, se casó con un millonario, en este caso Bryan Guinness, el heredero de las cervezas. Pero ella tenía otras inquietudes, Europa se movía, Unity iba y venía a Munich y Berlín mientras aprendía alemán con la intención de conocer a Hitler y hasta el marido de Pamela, la hermana sólo interesada por la caza y los caballos, sentía simpatías fascistas. Diana conoció a Oswald Mosley, nieto del cuarto Baronet Mosley y que ya había dado unas cuantas vueltas en la política, del Partido Conservador al Laborista para fundar el Nuevo Partido y finalmente la British Union of Fascists.

Acompañado por sus guardias paramilitares, los Blackshirts (camisas negras), despertaron simpatías entre numerosos conservadores hasta que sus ideas violentas y antisemitas quedaron en evidencia. Poco le importó a Diana, eso y que Mosley estuviera casado y con hijos: se divorció y convirtió en su amante. Jessica, que visto el panorama familiar se había dedicado a ahorrar su renta desde niña para poder escapar, lo hizo con su primo Esmond Romilly, sobrino de Winston Churchill; ambos abrazaron la causa republicana en la guerra civil española y fueron a Bilbao. Esmond murió en la Segunda Guerra Mundial y Jessica huyó a América, donde se casó con un abogado comunista y judío. Y escribió. Nancy no consiguió tener hijos, pese a su matrimonio con un aristócrata bala perdida y su amante francés, colaborador de De Gaulle desde la Resistencia. En el último aborto tuvieron que extraerle los ovarios. Su madre bromeó sobre ello diciendo: "¿Que te han quitado los dos ovarios? ¡Pero si yo creía que teníamos cientos de ellos! ¡Que eso era como el caviar!". Los sentimientos se ocultaban entre los Mitford, pero las murallas se vinieron abajo cuanto Tom, el único hijo, el heredero, murió también en la guerra. Por sus posiciones filonazis había evitado ir al continente a luchar contra los alemanes y pidió el traslado a Birmania. Fue un error. Y también el final de la familia.

Los padres se separaron, Nancy se concentró en la escritura con éxito, Jessica en sus causas perdidas, Pam en sus caballos y Diana nunca dejó de apoyar a Mosley. Sólo Deborah, la pequeña, cumplió con lo que de ella se esperaba: se convirtió en duquesa de Devonshire, emparentó con los Kennedy y jamás dio un escándalo. Su nieta, la supermodelo Stella Tennant, jamás sonríe en la pasarela. Debe ser como decir mirror. ISABEL GÓMEZ MELENCHÓN

Culturas - La Vanguardia