La prensa dice

27 may
2007

De maestro a maestro, por Nadal Suau

Un gran periodista, Manuel Chaves Nogales, anota la historia de un bailaor muy particular,

Juan Martínez.De maestro a maestro, se transmite una gran lección de historia, y el resultado es ’El maestro Juan Martínez que estaba allí’, bellamente editado por Libros del Asteroide

Primero, el título: El maestro Juan Martínez que estaba allí. «Estaba allí», en efecto, pero ese «allí» son dos sitios distintos en dos momentos diferentes: primero, Juan Martínez estaba en Rusia cuando la revolución bolchevique tuvo lugar y se desencadenó una cruenta guerra civil. Años más tarde, allí estaba Juan Martínez, en el París bullanguero de los años treinta, para que lo descubriera Manuel Chaves Nogales, y del encuentro entre los dos valiosos personajes salió este volumen que ahora rescata Libros del Asteroide. Es un rescate en toda regla: el pobre Chaves Nogales estuvo desaparecido de la memoria lectora de los españoles cultos hasta hace bien poco, cuando a mediados de los noventa una editorial andaluza acudió en socorro de su obra completa. Yo, lo confieso, descubrí su nombre y su prosa exacta gracias a Xavier Pericay, que editó hace unos años Cuatro historias de la República, con los relatos periodísticos del periodo que escribieron Pla, Camba, Gaziel y el mismo Chaves. Eran cuatro joyas, claro, y a mí me sorprendió la estatura del andaluz. Pero, a lo que íbamos: Juan Martínez, personaje real, coincide con el periodista en París, cuyo olfato de escritor le lleva a construir un libro con la historia del personaje. Lo que ustedes encontrarán aquí son las aventuras de un bailaor y su atractiva esposa Sole en medio de una sangrienta encrucijada histórica. La Diosa Historia exigía un Holocausto, y éste empezó a fraguarse en Sarajevo, con un tiro descerrajado sobre el heredero. Luego, ya saben ustedes: la Primera Guerra Mundial, y en ese reverso dionisíaco de Europa que llamamos Rusia, la revolución. Allí huirá Juan Martínez, «perseguido por la guerra», y descubrirá la ferocidad de rojos y blancos, la arbitrariedad del nuevo régimen, la violencia de la checa...

SIN EMBARGO... ¿RECUERDAN USTEDES aquello de Sabina? «Más triste que un torero / al otro lado del telón de acero». Bueno, ya se ve que los ingeniosos traicionan la realidad con demasiado gracejo: Juan Martínez no es torero, pero baila flamenco. Y la guerra fría no había llegado, claro, pero admitan que vivir en Petrogrado mientras los bolcheviques apiolan a cuarenta mil policías no es cosa de risa. Pese a ello, la tristeza no parece consumir el relato del protagonista. En él hay hambre, desesperación y un pálpito de terror, pero no tristeza. Juan, y la mayoría de los seres que pueblan su memoria, responden a la Historia sonriendo, o matando, o bailando... La tristeza es un estado de ánimo privilegiado, al que sólo accedemos quienes podemos vivir en la languidez, preocupados porque una trenza oscura no vuelve la vista para saludarnos, o cosa parecida. Por otro lado, en algún momento del libro se percibe un conflicto muy superior al del instinto de supervivencia. Juan Martínez cuenta que «a los siete días de estar oyendo los añonazos ya no se siente miedo a los cañones. Se acostumbra uno a ellos y se oyen sus estampidos como quien oye llover, pero se sigue teniendo miedo sin saber a qué, a algo mucho más grande, mucho más terrible que eso tan sencillo que le ha pasado al vecino de enfrente. La futesa de que un casco de obús, perforando la pared de su alcoba, le haya despanzurrado. Eso, a fuerza de pensar en ello, pierde su importancia, y el miedo que uno tiene es a otra cosa que yo no sé decir. Pero que existe». Este me parece un pasaje muy intenso del libro, más aún porque no es el tono que impera a lo largo de sus trescientas páginas. Por regla general, todo es más tangible en esta historia. Pero aquí, ¿no oyen ese aullido fastidioso y metálico al fondo? ¿No es una intuición desnuda del Mal?

PIENSO, COMO HA ESCRITO Andrés Trapiello en su prólogo precipitado y solvente, que no debemos leer este libro como una novela. Aunque no sabemos cuánta verdad exacta hay en el relato del bailaor ni en su trascripción a cargo de Chaves Nogales, lo cierto es que el mayor valor de El maestro Juan Martínez que estaba allí es proporcionar fibra y sustancia a los estudios abstractos acerca de la época retratada. Tiene, además, un sesgo irónico que un personaje tan hispanamente picaresco como Juan Martínez nos acabe recordando nuestra condición europea, y nuestra hermandad con la historia del continente. Y es que, no lo olviden: Europa está al fondo de este relato, que arranca en París y finaliza fuera de las fronteras soviéticas, en Italia. Son curiosas las historias del antiguo banquero que se convierte en contorsionista circense y vive feliz («No he visto jamás a un hombre que con tan buen talante pase de millonario a payaso»), o la del faquir que escapó de la checa hipnotizando al comisario, sólo por poner dos ejemplos. Hay muchos más: un verdugo japonés, un oficial francés que se pasa a los bolcheviques y acaba por ser el único comunista decente de Moscú, varios príncipes centroeuropeos, muchos sanguinarios con cargo oficial... Y muchos judíos. Hay un momento en que Juan Martínez presume de haber visto una Europa en que las sonrisas relucían como jamás volvieron a hacerlo. No es lo único extinto de esa época: hoy tampoco encontramos judíos apenas, de Siberia a Lisboa. Sorprende el tono que les dedica el narrador: a ratos los llama cobardes, y no se ahorra bromitas a costa de su rapacería. Tópicos bien instalados en la conciencia de entonces y de ahora. Al mismo tiempo, se confiesa amigo de algunos de ellos, y nos cuenta historias que ponen en duda esa cobardía semita. Y sobre todo: aparece, como un sarpullido, el antiquísimo orgullo del cristiano viejo. Porque Martínez, nos dice Chaves Nogales, tenía una nariz bien judía, y muchos lo confundían con un hebreo en pleno estado de guerra.

EN FIN, El maestro Juan Martínez que estaba allí nos recuerda por qué el siglo XX fue una ruina irremediable. Lo hace, es cierto, con humor, pero en sus páginas la muerte de un hombre a manos de otro resulta la síntesis natural de una tesis que es la Historia y una antítesis que es el nihilismo. O el cinismo. Saludemos al maestro, y mantengámonos a resguardo.

Bellver (Diario de Mallorca)