La prensa dice

17 abr
2010

Cuatro hermanas, por Francisco Solano

Los autores de una sola obra poseen, por decirlo así, una persuasión más concentrada, y acaso no sea forzado atribuirles la cortesía de no haber escrito nada insustancial. A Emily Brontë la muerte le impidió sumar otra novela a Cumbres borrascosas; para Giuseppe Tomasi di Lampedusa El Gatopardo fue el espejo roto donde se descomponía su abolengo aristocrático. Cuatro hermanas, de Jetta Carleton (1913-1999), se sitúa en esa órbita de excelencia. Nacida en Misuri, se dedicó al mundo de la publicidad, y para escribir su única novela se inspiró en las estancias veraniegas en casa de sus padres. La obra se publicó en 1962, con extraordinario éxito, pero no tentó a Carleton a seguir escribiendo. Cuatro hermanas es una indagación en las exaltaciones ocultas del deseo y sus peligros, en los secretos del dolor y la culpa de los miembros de la familia Soames, formada por Matthew, maestro rural, su esposa Callie y sus hijas Jessica, Leoni, Mathy y Mary Jo, quien narra la historia. La acción transcurre, fundamentalmente, en una granja de Misuri, a la que las hijas aún acuden, ya mayores, los veranos, rendidas por la autoridad de los padres, que «exigían el tributo y nosotras lo pagábamos». El arco temporal abarca de los últimos años del siglo XIX a comienzos de los sesenta del XX. Y lo que cuenta es la biografía emocional del padre, de la madre, de las hijas, focalizando el relato en cada personaje, lo que permitirá al lector conocer un mismo suceso desde ángulos distintos. De cada personaje se destaca magníficamente su temperamento, la ansiedad de sus decisiones, las vacilaciones del amor y los devaneos y maldades que han conformado su vida. Resulta extraordinario el talento de Carleton para mantener emocionado al lector sin caer en el sentimentalismo, a la vez que también sortea el costumbrismo, la cursilería y la equívoca compasión. Hay una pausa en la que la narradora evoca «aquellos momentos de las obras de Chéjov en que el ritmo se vuelve estático». Ese ritmo estático es otra de las virtudes de Cuatro hermanas, novela que habría merecido, sin duda, la aprobación de Chéjov.
El País