La prensa dice

6 mar
2010

Calle de la Estación, 120, por José María Guelbenzu

La novela policiaca europea (segreguemos Inglaterra al efecto) nace con Georges Simenon, un escritor que rebasa toda clasificación. Tras él, sólo dos firmas han conseguido erigirse en padres reconocidos del género antes de que la novela llamada negra se consolidase en Europa: el francés Léo Malet, primero; la pareja sueca Maj Sjowall y Per Walloo, después. Lo que ha venido tras ellos es un auténtico diluvio negro del cual seguimos sintiendo sus efectos y su machacona uniformidad. Léo Malet (1909-1996) es un escritor de los tiempos heroicos del siglo XX. Anarquista de convicción, pertenecía a la estirpe de los que ejercen toda clase de oficios antes de adentrarse en la escritura; fue amigo de algunos de los más destacados surrealistas franceses y novelista popular de éxito. Comenzó a publicar a mitad del pasado siglo y la escritura audaz y la impronta existencialista están agarradas a sus libros como percebes a la roca. Hombre de serias convicciones morales, eligió el género negro como modelo para hablar del individuo en una sociedad castigada por su propia insania, por sus vicios y corruptelas. Su detective, Néstor Burma, surgido en la Francia de la ocupación nazi, es una figura inolvidable. Calle de la Estación, 120 es su primera novela. En ella hallamos a una de «esas mujeres misteriosas que no se encuentran más que en las estaciones», un detective privado en cuyos brazos muere uno de sus fieles colaboradores, una dirección susurrada por dos víctimas distintas y una trama armada como un reloj suizo. En la escritura de Malet encontramos una descripción de la vida diaria integrada en un drama policiaco pegado a la realidad, un sentido del humor sombreado por la lucidez, un mundo canalla y turbio que se desliza por el lado oscuro de la vida y una voluntad de sobrevivir de cuyo brazo se cuelga la capacidad de denunciar los vicios de una sociedad hipócrita, tanto se trate de biempensantes como de ocupantes de los bajos fondos. Su novela fetiche es Niebla en el puente de Tolbiac. La escritura de Malet es sencilla y coloquial, pero extraordinariamente selectiva en cuanto a las intenciones porque va más allá del entretenimiento y el cliché. Sus personajes están dibujados con rasgos claros, pero no simples. Sus historias, que se han adaptado al cómic con éxito, son tan medidas y directas como cargadas de matices tras los cuales se advierte enseguida la creación de una mente cultivada y compleja. Es, en fin, un fundador, el padre de la novela negra francesa, y sus novelas fueron toda una revolución, que es lo que cabía esperar de un anarquista de corazón.
Babelia