La prensa dice

15 dic
2008

Blumenfeld, judío errante, por Javier González-Cotta

He aquí la conclusión a la que llega el judío Isaac Jacob Blumenfeld: «Era inútil resistir, porque siete veces se ha dicho y otras siete veces ha sido comprobado que ser judío es una condena a cadena perpetua sin derecho a apelación». A las alturas del cuarto libro (hay cinco en este formidable ’El Pentateuco de Isaac’), Blumenfeld ya se ha dado cuenta del problema. Más que ser un pobre judío oriental de Galitzia, por más que las guerras de Europa lo hayan reclutado para servir a distintas patrias, por más que su pito de circunciso le recuerde al orinar su eterna condición; más que todo esto y muchas otras cosas, Blumenfeld, oriundo de Koledetz (cerca de Brogodovich), acaba intuyendo en qué consiste el viejo problemilla de ser judío.

Piensa Blumenfeld que está muy bien esto de ser el pueblo elegido de Dios. Pero visto lo visto, ¿no podría el Hacedor haber elegido a otro? Con tanto pogromo y tanta desdicha, habría que pedirle a Dios que eligija a otro. No importaría nada que lo hiciera incluso a dedo, como hizo con los hijos de Sión. ¿Por qué no probar con los bosquimanos? ¿Y con los turcos selyúcidas?

El humor, como bien demuestra esta epopeya personal, es lo que es y sirve para lo que sirve. No otra cosa es el humor que la edad adulta del dolor. La literatura del Holocausto encuentra aquí otra destilación de la herida a través del humor, de las varias hojmas o anécdotas que muestran la parábola alegre de la sabiduría. El lector se ríe con los chistes de judíos contados por un judío. Pero el humor no es un relajo, no es un receso, no es un entreacto en la tragedia personal y colectiva que se cuenta. Es parte de la propia tragedia.

’El Pentateuco de Isaac’ se inscribe en la trilogía sobre el destino de los judíos escrita por el búlgaro de origen sefardí Angel Wagenstein, que se completa con ’Lejos de Toledo’ y ’Adiós, Shangai’. Como es habitual en los colofones de sus libros, la editorial Libros del Asteroide agradece al lector que haya escogido uno de sus títulos y, también, recomienda a ser posible su lectura a otros lectores. Los entusiasmos en literatura no son siempre recomendables. Pero de vez en vez, como es sabido, las reglas están para saltárselas alegremente. Así que desde este humilde llamado se recomienda, casi imperativamente, la lectura de ’El Pentateuco de Isaac’. A quien le defraude, habrá de pensar si el fraude está en él mismo y no en la novela.

Recientemente, la literatura del Holocausto en español se ha visto enriquecida con la ironía heladora de ’Goetz y Meyer’, de David Albahari, acerca de la matanza de judíos de Belgrado mediante los camiones-cámara de gas. El Pentateuco forma parte de la literatura del Holocausto por cuanto, en el cuarto libro, se narra el «milagroso» azar por el que salvó la vida Jacob Blumenfeld en el campo de Flossenbürg (Alto Palatinado), en plena ’Shoa’ del Tercer Reich.

Pero ya antes y después, el lector ha ido sabiendo de las tribulaciones del judío Blumenfeld junto al rabí Samuel Bendavid. Lo hemos visto sirviendo para diferentes ejércitos, al albur de esa travesura fronteriza que durante siglos siempre fue la Galitzia polaca. Lo hemos visto sin pegar un tiro, licenciado como soldado austrohúngaro justo el día en que el Imperio capitula y, de paso, comienza el derrumbe de «ese mundo de ayer» de Stefan Zweig. Luego, sin todavía pegar un solo tiro, como soldado polaco alistado contra los alemanes, pero frenado por los soviéticos merced al pacto de alquiler entre Hitler y Stalin. Luego, como una pobre alma en pena en tierra de nadie. Luego, como prisionero de un campo de trabajo y después en el de aniquilación de Flossenbürg. Luego, como superviviente de la Solución Final y del tifus en un hospital de Salzburgo. Luego, como efímero ganapán haciendo de sastre en Viena. Luego, como prisionero en un ’gulag’ del paralelo 70, en Siberia, por causa de un sinsentido que ya, a estas alturas, apenas importa.

Blumenfeld, cuya tragicomedia nos recuerda a la del inolvidable maestro Juan Martínez de Chaves Nogales, acabará aprendiendo que no hay que buscarle sentido al sinsentido. La lección que da la vida es que no hay tal lección. La aurora boreal del paralelo 70 le dará la razón.

El ’Pentateuco de Isaac’ de Angel Wagenstein, escrita con soberbia fluidez, es un libro desgarrador por sus tristezas, pero sobre todo por sus alegrías, que son el forro de las tristezas cuando se les da la vuelta. Imprescindible.

Revista Beta