La prensa dice

22 abr
2012

Artículo sobre "Un mundo aparte" en La Gaceta

Testimonio ejemplar

Por Javier Sánchez Zapatero

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La nota promocional con la que se presenta “Un mundo aparte” recoge una cita de Albert Camus en la que se afirma que el libro de Herling “tendría que ser publicado en todo el mundo, tanto por lo que es como por lo que dice”. Lejos de suponer una de tantas exageraciones sacadas de contexto con las que en algunas ocasiones la industria editorial intentan convencer a los lectores de las bondades de sus productos, las palabras del intelectual francés expresan y resumen con claridad lo que cualquiera que se acerca a la obra puede sentir: la necesidad de compartir y dar a conocer a más lectores un libro que trasciende lo estético para dotarse de valores que van de lo ético a lo cognitivo.

¿Por qué habría que hacer caso de las palabras de Camus y leer “Un mundo aparte” hoy, sesenta años después de su publicación? En primer lugar, porque el libro permite entrar en contacto con una realidad que conviene no olvidar. Herling describe con sobriedad el espacio del campo de Arjánguelsk, en el noroeste de la Unión Soviética, en el que pasó dos años condenado a trabajos forzosos. Además de relatar con precisión y sobriedad el día a día de quienes fueron internados en el campo, insistiendo en sus carencias y en el modo en que fueron sistemáticamente vejados, el autor expone cómo la existencia humana en el espacio del Gulag dejó de ser tal para convertirse en, tal y como se dice en el texto, “una muerte en vida”.

En segundo lugar, es bueno seguir la recomendación de Camus por el valor formal de la obra. Pocos libros encontrará el lector tan honestos como el Herling, quien, con un estilo aséptico que incluso llegar a ser cortante por momentos, describe la realidad del campo con una mirada analítica y crítica que sorprende en alguien que, como él, sufrió el hambre, el frío, el oprobio y la violencia. No en vano, quizá el principal valor de “Un mundo aparte” resida en el hecho de estar escrito por una víctima que, sin embargo, habla como un testigo, huyendo de dramatismos y efectismos con los que impactar al lector. Herling “sólo” busca contar lo sucedido, contar al mundo el horror que se escondía tras los campos de concentración soviéticos, y por eso en su testimonio hay incluso lugar para la autocrítica. “Se puede perder la fe en el ser humano”, afirma el autor al final de su relato, poniendo de manifiesto cómo lo peor del campo no fue el horror sufrido, sino la capacidad del espacio concentracionario de degradar a todos los internos –él mismo incluido– al hacer de la lucha por su supervivencia su única pulsión.

Y en tercer lugar, habría que seguir los consejos de Camus y leer el libro para asimilar por qué “mundos apartes”, llenos de crueldad y odio, y alejados de cualquier convencionalidad, poblaron el mundo a mediados del siglo XX. Testimonios como el de Herling sirven para no repetir errores pretéritos, para concienciar de lo que el hombre es capaz de hacer a sus congéneres, para, en definitiva, luchar contra el odio.

La Gaceta