La prensa dice

22 jul
2013

Artículo sobre Robertson Davies en el blog Papeles Perdidos de El País

Canadá: la maqueta del mundo, de Robertson Davies

Por Paloma Bravo

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Alces y hojas de arce. Bosques y libertad. Monarquía (la británica) y democracia. Toronto vs Montreal. O sea, Ontario vs Quebec. Y, desde hace unos cuantos capítulos, los dientes separados de la mujer de Don Draper y esa forma de cantar Zou Zou Bisou. Eso y Alice Munro, que es dios (por favor, no dejéis de leer su ultimo libro de relatos, Mi vida querida).

Lo que quiero decir es que de Canadá sabemos poco. Y yo –mi ignorancia no conoce límites- hace solo tres años que descubrí a Robertson Davies, uno de los más mágicos y sabios escritores del siglo XX.

Aunque, la verdad, no estoy muy segura de que fuera escritor, yo creo que era mago. Robertson Davies (1913-1995) fue actor cuando era niño, lector toda la vida y, de mayor, periodista, crítico, dramaturgo, profesor. Pero sólo desde la magia se pueden construir esas ciudades de sus trilogías, maquetas perfectas de lo mejor y de lo peor del ser humano. Salterton, Deptford y Cornish.

Empezad por El quinto en discordia (1970) y no paréis, porque todo lo que hay que saber del mundo está allí, en sus 360 páginas perfectas.

En una ciudad pequeñita como Deptford muere un hombre y es su más antiguo amigo quien recorre su vida, la real, la mágica, la imaginaria, la que quiso tener y la que tuvo, para descubrirnos como toda acción tiene consecuencias no por una opinable ley moral sino por la más objetiva ciencia física.

O por alguna otra razón. Porque a Davies no le importa hablar de lo que no habla nadie: de la fe, la magia y los santos; de lo improbable y de lo miserable. Y lo hace como un arquitecto minucioso: un ladrillo detrás de otro, sin margen para el error ni el azar, en una construcción perfecta plagada de empatía por sus semejantes y de amor por el lenguaje.

“Sus libros no pueden leerse deprisa. Sus libros no dan igual”, me recuerda mi amigo M. cuando le hablo de este post. “Porque bucea en el alma humana, conociéndola; sabiendo tomar distancia con ironía, sabiendo, también, pelear por la justicia aunque sólo sea la poética”.

Pasaréis de un libro a otro, de una trilogía a otra, de un pueblo a otro. Y luego querréis compartirlo, porque Robertson Davies es el mejor regalo del mundo.

A mí me lo descubrió Carlos y yo se lo pasé a M., un periodista escéptico que sólo cree en el teatro (el del mundo y el otro); y a Pedro, que necesita leer cuando no está haciendo la revolución; y a D., que es mi amigo imprescindible; y a cualquiera, de verdad, al que le gusten la gente y la literatura, a cualquiera al que le importe el mundo.

“Un buen libro hay que leerlo cuando se es joven; de nuevo en la madurez, y una vez más en la etapa final de la vida, igual que un buen edificio hay que contemplarlo a la luz de la mañana, del mediodía y a la luz de la luna….”, decía Robertson Davies. Y yo, este verano, voy a volver a leer los suyos.

Robertson Davies es, y es para siempre (toda su obra, en Libros del Asteroide).

P.D.: si tenéis más noticias sobre Canadá, os esperamos escuchando a Leonard Cohen: los canadienses son nuestros hombres.

Papeles Perdidos (El País)