La prensa dice

Artículo sobre "Mátalos suavemente" en La Nueva España

A quemarropa

Por Tino Pertierra

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Que un autor de la talla XXL como GeorgeV.Higgins fuera un desconocido por estos lares era un crimen literario imperdonable. Libros del Asteroide empezó a poner remedio a esa lamentable situación el año pasado con la publicación de Los amigos de Eddie Coyle, obra maestra del género negro (¡de 1970!) que, no por casualidad, fue la «culpable» de que el casi siempre gris Peter Yates hiciera una gran película, El confidente, y que Robert Mitchum realizara una de sus interpretaciones más sorprendentes y cargadas de matices. La novela fue un éxito y la editorial se merece ahora el premio gordo de poner en el mercado otra obra de Higgins (escribió cerca de una treintena, hay mucho pendiente aún) que viene arropada por el estreno de una película con Brad Pitt: Mátalos suavemente (título original: Cogan’s trade). Lo primero, hay que aplaudir a la editorial por no ceder al «chantaje» del marketing y no clavar un fotograma de Pitt en portada como anzuelo: respeta su diseño porque respeta su contenido. ¿Y qué hay dentro? Dinamita, señoras y señores. Pura dinamita literaria. Olvídense de imposturas, de autores que van de duros a la manera de diálogos que refritan con más o menos brillantez el lenguaje de la violencia y el cinismo a partir de películas o novelas ajenas, de personajes huecos revestidos de ingenio resultón. Higgins no habla de oídas, y eso se nota en cada línea de sus abundantes y larguísimos diálogos, en algunos casos auténticos monólogos cruzados que narran historias dentro de historias con un ritmo y una tensión sin fisuras. No hay tiempo que perder y las florituras no tienen cabida en este trallazo que expulsa sin contemplaciones cualquier tentación de lanzar mensajes. Los personajes de Higgins no necesitan diez páginas de rollo psicológico para presentar sus credenciales: basta con un par de líneas que describen su apariencia y un puñado de frases (casi siempre con alguna expresión malsonante que las cargue de expresividad) para que sepamos de qué van y, a veces, de dónde vienen. Nada de héroes, nada de villanos. Nada de color negro en una paleta maniquea y previsible: una infinita gama de grises. Seres muy humanos marcados por la violencia como rama a la que agarrarse a pocos metros del abismo. Supervivientes que, en muchos casos, se cavan su propia fosa por tontos: mira que tocarle las narices a la mafia... El protagonista de la historia (que tarda bastante en aparecer, por cierto), es un profesional implacable e impecable que conoce muy bien los secretos de su oficio: liquidar a quien le mandan quitar de en medio y no dejar rastro, cuanto más lejos esté de la víctima, mejor para todos. Mátalos suavemente. No te pringues.

Sin que el lector se dé cuenta, porque las descripciones son mínimas, la atmósfera de un Boston amenazador y tenebroso se va colando para encajonar a los personajes en los bajos fondos donde la vida no vale nada y una cerveza puede ser la última que tomes en tu vida. Higgins conoció bien ese mundo y lo traslada de manera magistral al papel con unos diálogos que suenan a verdad y se convierten en una insuperable herramienta narrativa atiborrada de humor y desgarro que, por comparación, convierte al parlanchín Tarantino en un (aventajado) aprendiz.

La Nueva España