La prensa dice

1 feb
2012

Artículo sobre "Las crónicas de la señorita Hempel" en Mercurio

La violencia de la metamorfosis

Por Marta Sanz

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Si una persona adulta tuviera que aguantar que le salieran los dientes, se volvería loca de dolor. Sin embargo, los bebés, que se chupan los puños y lo muerden todo y tienen un poquito de fiebre, aguantan mientras eclosionan sus dentaduras de ortodoncia. Los adultos se hinchan de anestésicos cuando la muela del juicio asoma por la encía. En Las crónicas de la señorita Hempel, Sarah Shun-lien Bynum habla sin dramatismo de la violencia de la metamorfosis: los pechos se abultan, siempre hay una primera y una última vez para todo, nos emparejamos como cigüeñas, engendramos criaturas, cambiamos de oficio y se nos muere el padre… Es horrible, es maravilloso, y eso es lo que aquí se narra con el punto justo de amabilidad y acritud. Haciendo las cosas difíciles, fáciles. Como los buenos maestros. A través de ocho relatos que constituyen un todo, la autora adentra al lector en el universo de Beatrice Hempel, una maestra veinteañera que se mueve sobre el límite entre jugar, vivir y jugar a vivir. Sus alumnos crecen y ella también crece mientras los mira: la vulnerabilidad de los niños hace que la mujer, consciente de su responsabilidad, vuelva sobre sí para hacer un ejercicio autobiográfico aparentemente amable donde se incuba una larva agria. Es importante saber quién mira a los niños. Quién construye los relatos para su educación y quién los relata a ellos. Beatrice Hempel no es como la institutriz sin nombre de Otra vuelta de tuerca. Tiene nombre y apellido. No es culpable ni ha de justificarse. Su mirada no se enrarece por efecto de las amputaciones de una sociedad represiva; la infancia se coloca en otro lugar dentro del imaginario de la literatura: los adultos son el niño que fueron y los niños encierran, dentro de su caja torácica, al adulto que llegarán a ser. Tal vez por eso nos cuesta imaginar de niña a la institutriz sin nombre y, sin embargo, vemos a la perfección a Beatrice, cuyo discurso no es depravado ni siquiera cuando se turba ante la sexualidad de un niño. El tema del crecimiento se relaciona con el de la educación: pese a que los alumnos de la señorita Hempel son encantadores quizá porque ella los contempla con ternura, la enseñanza es extorsión, demagogia, clientelismo, necesidad de complacer. Aun así o tal vez a causa de esa lucidez triste, la señorita Hempel es una buena maestra y las cosas fluyen y se van conformando con inseguridad, alegría, miedo… El miedo es precisamente el tema que aporta una textura política a las crónicas. El miedo se liga a una sexualidad —lo desconocido, el encuentro con el otro— que se hace ostentación en los niños y rechazo en una Beatrice que no se anima a practicar el sexo anal. El miedo es un miedo a salir del útero, del propio yo, de la familia, del aula-burbuja que amortigua los embates de una realidad que, como los bosques de los cuentos de hadas, está llena de peligros. Y aquí es donde Las crónicas de la señorita Hempel deja de ser un relato íntimo para transformarse en una experiencia histórica, común: el miedo al hombre del saco, a los que violan niños en una furgoneta, al coco, cristaliza en el 11-S. La señorita Hempel alude a él de pasada, con la misma sorprendida resignación, la misma naturalidad, con la que transcurre la existencia y sus pequeñas devastaciones. Aunque probablemente la educación no sirva de nada y resulte infructuoso el proyecto de formar criaturas libres en un mundo sembrado de minas y escáneres, hay que salir del cascarón, avanzar, tratar de comprender. Esa es quizá la tesis de Beatrice Hempel, probable alter ego de Sarah Shun-lien Bynum.

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