La prensa dice

Artículo sobre "George V. Higgins" en Go Mag

American most wanted

Por Philipp Engel

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El tipo mazas estaba sentado frente a Jackie Brown y dejaba que se le enfriara el café. —No sé si esto me gusta— dijo—. No sé si me gusta comprar material del mismo lote que otra persona, porque no sé qué hará con él, ¿comprendes? Si otra persona compra pipas del mismo lote y eso causa problemas a mi gente, también me los causará a mí”. George V. Higgins (“Los amigos de Eddie Coyle”).

Basta hojear las primeras páginas del clásico “Los amigos de Eddie Coyle” —originalmente publicado en 1970— para darse cuenta de su influencia sobre todo lo que vino después: Elmore Leonard, Tarantino, Scorsese, “Los Soprano”… todo. Y no sólo porque enseguida aparece un traficante de armas que se llama como el título que Tarantino le puso a su adaptación de una novela (y media) de Leonard, sino por los diálogos: el 80 % de Higgins son los diálogos, sus personajes no callan. Los hampones de las novelas de George V. Higgins son tipos duros con alma de storytellers y una marcada tendencia al monólogo amenazante que no cierran la boca al menos que les estén propinando una soberana paliza (precisamente para hacerles hablar), o que acaben de meterles un tiro en toda la cara. Y en ese caso, son los otros quienes continúan la charla: detalladas conversaciones sobre armas, coches, negociaciones, golpes, problemas domésticos y anécdotas carcelarias. En las antípodas del estilo telegráfico, de réplicas secas y cortantes, patentado por Dashiell Hammett, tanto “Los amigos de Eddie Coyle” como “Mátalos suavemente” (ambas cortesía de Libros del Asteroide), se leen como un furioso torrente de diálogos encadenados, tan vivos que uno los calificaría de “muy cinematográficos”. Y sin embargo, si de algo pecan las películas —tanto “El confidente” (Peter Yates, 1973), con Robert Mitchum como Eddie Coyle, como la inminente “Mátalos suavemente” (Andrew Dominik, 2012), ambas excelentes—, es de excesiva fidelidad a la etra escrita. Por muy bien que lo hagan, y tanto Mitchum como Pitt están estupendos, se nota que están recitando. Filosofía de pub, que dijo un crítico. Es una paradoja que no deja de obsesionarme, diálogos que revelan en pantalla sus costuras literarias, cuando sobre el papel parecían tan reales. El mismo Elmore Leonard, para el que “si algo suena a escrito, lo reescribo”, confesaba, en una reciente conversación con Antonio Lozano su deuda con los diálogos de Higgins, aunque apuntando que “luego llevó demasiado lejos su técnica y dejó sus novelas en puros diálogos sin contexto”. En el prólogo de “Los amigos de Eddie Coyle”, Dennis Lehane abundaba en lo mismo: “Higgins pasó el resto de su vida tratando de arreglar lo que no estaba roto, intentando refinar los diálogos en sus novelas posteriores”. La reciente publicación de su tercera novela, “Mátalos suavemente”, original de 1974, nos permite dudarlo, Higgins continúa en plena posesión de sus facultades. No sólo como maestro del diálogo, sino como vehículo de una subyugante inmersión en los bajos fondos que, más que a Leonard o Lehane, me recuerda a Eddie Bunker, aunque sus viajes vitales fueron diametralmente opuestos: si Bunker fue un criminal que salió de la cárcel al lograr convertir en literatura el lenguaje de la calle que conocía de primera mano, Higgins fue abogado y fiscal antes de ponerse a escribir. Como abogado, tuvo clientes célebres: defendió entre otros a G. Gordon Liddy, uno de los más célebres implicados en el Caso Watergate, y a Eldridge Cleaver, líder de los panteras negras, cuya presencia se deja notar en el cargado ambiente de “Los amigos de Eddie Coyle”. Qué importa si Bunker se formó en San Quintín y que Higgins se graduara en Stanford, que uno naciera pobre y el otro rico, el talento del que hicieron gala les ha acabado colocando en el mismo pedestal, el placer para el lector es del mismo calibre. ¡Viva el thriller de los 70!