La prensa dice

Artículo sobre "Coral Glynn" en Vanity Fair

Por Rodrigo Fresán

[Para leer este artículo en Vanity Fair, descárgate el PDF adjunto]

Se empieza a leer Coral Glynn, la última novela de Peter Cameron editada por Libros del Asteroide, y enseguida el nombre de la muy brítish protagonista evoca e invoca a apellidos de escritoras de posguerra made in the UK, con los que un nativo de New Jersey como Cameron no debería tener mucha afinidad. Firmas como las de Daphne du Maurier, Elizabeth Taylor, Rose Macauloy, o Muriel Spark. Todas maliciosas artesanas de tramas que empiezan con recatado aire bucólico para convertirse en algo oscuro y perverso, pero sin perder la elegancia.

Aunque no hay que extrañarse demasiado porque Cameron - sin dejar de ser él mismo - siempre tuvo una pasmosa habilidad para destilar de un modo muy personal lo mejor de los mejores. Así, su colección de relatos De un modo u otro recuerda al gran John Updike y Andorra, su tercer libro, a Kafka o Nabokov. Cameron ha sido incluso capaz de hacer lo más dificil de todo: escribir en esa primera persona adolescente y disfuncional (Algún día este dolor te será útil) sin caer en el pastiche de Holden Caufield, el protagonista de El guardián entre el centeno de Solinger. Y si a algo recuerda mucho Coral Glynn es a El buen soldado de Ford Madox Ford.

En Coral Glynn Cameron, uno de esos contados escritores gays y de lo gay que no parece sentirse obligado a contar militando o viceversa, se traviste de drama de crepúsculo georgiano para atraparnos en la maraña de una flemática tragedia donde hay sitio para el té de las cinco, pero también, para el sexo a escondidas y hasta para el asesinato.

Es la primavera de 1950 en Leicester y a la mansión Hart llega, para cuidar de una anciana terminal, Coral, una enfermera veinteañera con modales de heroína de las hermnas Brontë. La paciente muere, una niña aparece ahorcada en un árbol de un bosque cercano, y todos señalan a la inocente Coral como culpable. Pero nada es lo que parece. Y Coral se siente prisionera: varios hombres pretenden a esta pasiva cenicienta. Y hay cartas perdidas, un anillo extraviado, un vestido roto y la sensación de que Cameron nos hace escuchar, en cuatro movimientos, la más doméstica música de cámara de tortura, en la que todos derraman las notas disonantres de sus lágrimas casi con felicidad.

Contar aquí más de lo que Cameron narra y Coral padece sería una falta de respeto al autor y al lector; buena parte del placer pasa por caer en esta telaraña tan delicada como resistente.

Vanity Fair