La prensa dice

4 may
2006

Argentina en los años de la violencia, por Horacio Vázquez-Rial

Poco después del golpe de estado del general Videla, en 1976, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Horacio Ratti y el padre Leonardo Castellani, sacerdote, poeta y novelista, uno de los padres de la narrativa policial en la Argentina, fueron a comer con el presidente, a invitación de éste, en la Casa de Gobierno de Buenos Aires. Borges salió de la reunión diciendo que estaba convencido de que aquél era un Gobierno de caballeros. Naturalmente, el hombre, esencialmente ingenuo en materias políticas, empezó a recibir aterradores relatos acerca de lo que realmente ocurría a su alrededor.

Años más tarde, el ilustre escritor contaría que su escepticismo de entonces ante lo que oía se terminó el día en que Robert Cox, a la sazón director del Buenos Aires Herald, periódico en lengua inglesa en el que también trabajaba Andrew Graham Yooll, fue a visitarle para despedirse porque se iba del país y le confirmó todos los horrores que él no acababa de creerse. "Cuando me lo contó un inglés, lo creí, dijo Borges.

Yo sigo pensando que a los ingleses hay que creerles, y me sostiene en mi convicción la aseveración de que "detrás de un uniforme británico, siempre hay alguien con quien hablar, enunciada por Gandhi, a quien Churchill llamaba "fakir sedicioso" y que era sin duda un enemigo del imperio.

El argentino Andrew Graham-Yooll (a quien su padre tuvo el buen tino de registrar al nacer en el Consulado británico, con lo que probablemente le salvó la vida cuando, en plena barbarie dictatorial, necesitó un pasaporte y una residencia en el extranjero) es, en ese orden de cosas, un inglés completo: hay que creerle. Simplemente, porque dice la verdad. En Memoria del miedo cuenta muchas cosas, casi todas las que ocurrieron en la década del 70 en la Argentina. No mediante el inventario, que en alguna medida está hecho, sino mediante la memoria personal, que es la única forma posible de comunicar el horror. Una memoria personal que, por arte del gran periodismo, parece ficción.

Dice Graham Yooll que "sólo la ficción puede contar estas historias; impresas como testimonios parecen falsas". Y añade a continuación: "Se ha escrito, con motivo del Holocausto, que si la gente pudiera imaginar todos los pequeñísimos incidentes diarios que sufrieron miles de personas, se moriría de pena. Las crueldades diarias fueron siempre demasiadas. La alternativa de recordar es el olvido de los peores detalles para poder generalizar. O la generalización o la retención de una sola anécdota [...] Más de una es demasiado horror". O inventario o memoria personal.

Yo mismo, habiendo vivido sólo una parte del espanto que vivió Graham-Yooll (él dejó la Argentina en setiembre de 1976, yo en noviembre de 1974), he intentado narrar aquellas circunstancias, la represión lopez-reguista que abrió el camino a la dictadura y las acciones de la guerrilla, tan brutales e indiscriminadas como las otras, en varias novelas. Ahora apunto con satisfacción que el libro que me hubiese gustado escribir es precisamente el que ha escrito Andrew Graham-Yooll.

Nunca me atreví a realizar una crónica personal por temor a no ser creído, a romper el pacto de verosimilitud con el lector. él lo ha conseguido. Y al decir esto no hago más que ratificar la impresión de Graham Greene a propósito de esta Memoria del miedo: "Todos hemos conocido momentos de terror, pero nunca he leído un libro que transmita de tal forma lo que es vivir en un estado de terror permanente". Y sabía muy bien Greene de qué hablaba, él, que había escrito El cónsul honorario, un libro que demuestra su profundo conocimiento del país.

Se preguntará el lector cómo es posible que Graham Greene, muerto hace quince años, se haya referido a un libro que presentamos como novedad. La cuestión es que Memoria del miedo tuvo su primera edición en inglés, como Portrait of an exile (Retrato de un exiliado), en 1981. En 1986 fue reeditado por otro sello londinense con el título A State of Fear (Un estado de miedo), y ese año la Good Book Guide lo consagró "libro del año" y Greene lo escogió en la consulta de fin de año del semanario The Observer.

Sin embargo, en España, con muchos miles de exiliados argentinos aún en aquellas fechas (la normalización vino de la mano del Gobierno de Alfonsín, electo en octubre de 1983), no pocos de ellos en tareas editoriales, inclusive de dirección, la obra no se ha traducido hasta la fecha. En el excelente prólogo que precede al texto de Graham Yooll, Arcadi Espada señala que "sorprende amargamente que nunca fuera editado en España, máxime sabiendo hasta qué punto la tragedia argentina fue también, por tantos motivos, una tragedia de los españoles". Pero ni con ésas.

No obstante, esta traducción, a cargo de una de las más jóvenes y mejor dirigidas editoriales españolas de este momento, Libros del Asteroide, no deja de ser oportuna, a la vista del inquietante proceso de argentinización de la política y la economía españolas de la mano del Gobierno Zapatero: desde la política energética extraeuropea hasta la política exterior centrada en las buenas relaciones con el castrochavismo, el indigenismo moraliano y el filoislamismo, hasta la incomprensible, peligrosa e irresponsable tolerancia con Batasuna y, por derivación, con ETA (como sucedió en la Argentina con la Juventud Peronista y la organización Montoneros, reprimida por otro lado extraoficialmente por los paramilitares y parapoliciales de la Triple A, un modelo para el GAL), todo huele a setentismo vengador, el mismo que encarna Kirchner en sus propios términos, con un Gobierno lleno de ex montoneros.

El estremecedor relato de Graham-Yooll empieza muy temprano y deja constancia de un hecho incontestable y, sin embargo, obviado o puesto en duda: que la dictadura empezó mucho antes de la toma formal del poder por Videla, a principios de la década, y la sociedad se fue pudriendo lentamente: vale la pena leerlo para aprender a reconocer los síntomas de la descomposición.

También incide Memoria del miedo en otro asunto otrora discutido y hoy al parecer aparcado, el de la "teoría de los dos demonios" o de "Caín contra Caín, que cabe reducir a una pregunta clave: ¿hubo en la Argentina una guerra? Es decir, ¿se enfrentaron dos partes de entidad comparable? La dictadura sostuvo que sí, y hasta aceptó hablar de "guerra sucia, pero guerra al fin y al cabo, como consta en el durísimo capítulo final del libro que nos ocupa, titulado ’Tomando el té con el torturador’. Por su parte, la izquierda ha hablado siempre de "represión, como si la guerrilla jamás hubiera roto un plato, como si de organizaciones únicamente políticas se tratara y nada en ellas tuviese que ver con la violencia.

La verdad es que las dos partes eran terroristas y terroríficas, y que las listas de muertos en atentados de la guerrilla, secuestrados para cobrar rescate y desaparecidos por fuego amigo son bastante impresionantes. Me consta que no pocos de los que abandonaron el país en aquel período lo hicieron huyendo de sus propios compañeros tanto como de las fuerzas asesinas que realizaban la política del Gobierno. Graham-Yooll cuenta más de una historia para no dormir originada en ese lado del conflicto. Por otra parte, las dos mayores organizaciones de la izquierda armada, Montoneros y ERP, en distintas fechas, declararon formalmente la guerra al ejército.

Hay muchas respuestas a esos interrogantes en el libro de Graham Yooll, pero quiero citar una en particular, que echa luz sobre todas las demás:

"... se oyó una ráfaga de ametralladora que llenaba la noche. La siguió otra y luego el estampido de cuatro disparos de calibre grueso. El ruido llegaba de cerca y tuve miedo. Sería peligroso andar por la calle, y no sólo a causa del tiroteo. Seguramente éste había atraído la presencia de muchos efectivos policiales y no convenía ser detenido a esa hora de la noche. Me pregunté qué habría ocurrido. Debían haber allanado algún lugar donde había sospechosos políticos. La policía habría sido recibida a balazos porque morir era mejor que ser atrapado por el nuevo gobierno militar. También podría haberse tratado de una emboscada de la guerrilla contra un automóvil de la policía; o un par de hombres uniformados muertos por ser centinelas de los tiranos, muertos tal vez a manos de los que deseaban ser déspotas" (El énfasis me pertenece)

En el mencionado capítulo final de la obra explica Graham Yooll:

"Una bomba podía haber sido colocada por un oficial que quería causar un disgusto a sus superiores, que a su vez querían presionar a su comandante, que deseaba hacer quedar mal al gobierno, que culpaba a la guerrilla, que reclamaba el atentado para alguna de sus células, que tratarían de hallar al oficial para pagarle por más bombas... La gente podía salir de noche ahora [en el último año de la dictadura] porque se había dado muerte a alguno de los integrantes de esa cadena de corrupción política".

Por último, otra cuestión: si hubo una guerra, en qué medida se vio implicada en ella la población argentina en su conjunto. "Hacía pocas semanas habían asaltado una casa a la vuelta, otra en la calle siguiente, otra en el edificio de departamentos de la avenida del Libertador, a tres cuadras de allí, y otra, perteneciente a una mujer, a doscientos metros [...] la casa tembló con los disparos de dos ametralladoras [...] Era un ruido común en Buenos Aires, noche y día, registra Graham-Yooll. Hace años, basándome en los datos oficiales proporcionados al hilo de los juicios a las juntas militares, en tiempos de Alfonsín, estimé en una media de quince diarios los operativos militares, policiales, paramilitares y parapoliciales en la capital argentina entre 1976 y 1979. A ello habría que sumarle las acciones de la guerrilla, de las que no hay contabilidad alguna.

Sin embargo, entre 1983 y 1989 escuché a más de un centenar de personas decirme con absoluta convicción que ellos nunca habían sabido lo que estaba ocurriendo. Incluida gente que había viajado al exterior, donde era casi imposible no recibir información a poco que se abriera cualquier periódico europeo.

La memoria se deteriora con el paso de los años, y por eso algunos hombres, de modo obligado los grandes periodistas como Graham-Yooll, escriben lo que consideran digno de ser recordado por la generaciones futuras. Pero el olvido es una decisión, en la mayoría de los casos irrevocable. Recuerdo en este momento una historia de Shoah, la película de Claude Lanzman, la del peluquero que es entrevistado por el director de la película: el hombre había cortado el pelo de su madre y de su hermana en un campo de concentración, como el de tantos otros, en el momento de su entrada en la cámara de gas; él sabía lo que les sucedería segundos más tarde, había sobrevivido porque su papel era útil en la cadena de reciclado industrial del cabello humano, pero no les advirtió nada: ¿para qué adelantar la conciencia de la muerte, agravar el sufrimiento con una sobredosis de angustia?, por primera vez después de cuarenta años, en Tel Aviv, donde aún ejerce su oficio, el peluquero cuenta su historia y se viene abajo. Sólo el olvido le ha permitido llegar hasta allí.

Pero el olvido es una forma de la memoria y la memoria una forma del olvido. Hay que saber qué es lo que se decide olvidar, y por qué: para salvar la vida, para eludir la locura, para quitarse responsabilidades de encima: son cosas muy distintas. También hay que saber para qué sirve la memoria: para salvar el orgullo, para eludir el presente, para avivar el odio: son cosas muy distintas.

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