La prensa dice

1 dic
2008

Ángel del desencanto, por Roberto Valencia

Está feo comparar, pero si la literatura española contara con una Ann Beattie, cada vez que desde instancias oficiales se volvieran a rememorar la movida madrileña y la catarsis colectiva que significó la llegada de la democracia a este país, no nos sentiríamos escamoteados. No pensaríamos que a la recapitulación acrítica de los hitos de nuestra historia reciente siempre se le sustrae algo, porque, aunque fuera desde una posición periférica, la literatura estaría en condiciones de suplir este tipo de «olvidos».

Ann Beattie escribió ’Postales de invierno’ en tres semanas, y aunque su ambición inicial quizás no consistiera en radiografiar el desencanto que a parte de la sociedad estadounidense le había invadido tras la resaca hippie, su novela simboliza perfectamente cómo las revoluciones sociales de la modernidad abren un abanico de esperanzas que son incapaces de satisfacer. Sin proponérselo -o proponiéndoselo, da lo mismo- Beattie acertó con la metáfora. Le bastó con situar en un ámbito anodino a tres de esos personajes que después serían frecuentes en el cine independiente para que el relato de sus vicisitudes tan poco épicas metaforizara la decepción mayoritaria de un país que se había permitido soñar con la utopía más ingenua, y se despertó asumiendo que pocos de sus anhelos serían alcanzables en los años siguientes. En su escritura, Beattie -un prodigio de técnica y de intuición literaria- puso mucha atención para que el exorcismo no resultara todo lo evidente que la demanda emocional de una generación entera podía estar reclamando. Cuidó de que los personajes se abstuvieran de reflexionar explícitamente sobre lo huérfanas que habían quedado sus expectativas vitales, y se limitó a seguir el ideario Chéjov. Es decir, retrató con fidelidad y precisión ámbitos cotidianos, no dejó que en sus páginas se filosofara mediante altos parlamentos, y se negó a que los personajes fueran conscientes del tiempo histórico que estaban protagonizando. De este modo, le salieron unos personajes de lo más insípidos. Mansos, terriblemente tiernos, conformistas hasta la irritación y muy pacatos. Perfiles escasamente literarios a priori pero que, gracias a su habilidad para dotarle de ritmo a la acción, a la frescura de los diálogos y al rigor del método, terminan resultando lo suficientemente carnales como para que a través de sus neurosis microscópicas se pueda vislumbrar el estado general de las cosas en la Norteamérica de 1976. A esto hay que añadirle su evidente conocimiento de la técnica literaria. Ciertos pasajes demuestran que la escritora de Washington manejaba perfectamente el canon básico de la modernidad literaria: podía imprimirle agilidad al cambio de escenas porque tenía muy presente a John Dos Passos, y sabía qué hacer para que a los personajes les sobresaltaran dolorosas asociaciones de ideas al estilo Leopoldo Bloom. De ahí que a ella -menos política, neurótica y existencial que Grace Paley, la otra gran dama del desencanto- no le hiciera falta que en su novela se discutiera sobre Vietnam, Kennedy o el consumismo. Con nombrar algunas urgencias cotidianas y salpicar la acción de las referencias culturales obvias -Dylan, Donovan, etc.- tenía bastante para que su ficción desplegara toda su apariencia de realidad.

Es curioso que en el ámbito cinematográfico, y casi coetánea a esta novela, la magistral película La mamá y la puta, del gran Jean Eustache, utilizara las mismas herramientas para perseguir un propósito similar. Lo dejamos anotado mientras nos lamentamos de que aquí nuestra literatura social más reciente salga malparada por comparación con esta pequeña novela que al final resulta bastante grande. Es como si al engranaje español le faltaran piezas. ¿Dónde está nuestra Ann Beattie, nuestra Grace Paley del barrio de Chueca retorciendo palabras para testimoniar que, por mucho que nos pese, la historia de los países sólo resulta convincente cuando queda escrito que sus utopías las desmiga el alba posterior a la noche de los grandes planes?

Quimera