La prensa dice

28 may
2012

"Algún día este dolor te será útil" en Ambos Mundos (Universidad Internacional de La Rioja)

Peter Cameron, en busca de un yo

Por Gabriel Insausti

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Peter Cameron (Pompton Pains, Nueva jersey, 1959) es uno de los no tan jóvenes novelistas que vienen dando un tono magnífico a la narrativa norteamericana de los últimos veinte años, siguiendo la estela de la generación de Di Cillo, Roth, etc. Un producto del currículum habitual, por lo demás: graduado en Literatura Inglesa en el neoyorquino Hamilton College y profesor en varias universidades, en los ochenta dio sus primeros pasos con dos libros de relatos breves, a los que siguieron novelas como Leap Year (1990), The Weekend (1994) y The City of Your Final Destination (2002), esta última bastante conocida por la adaptación cinematográfica con Anthony Hopkins como protagonista, en una historia sobre el mundo académico y la literatura biográfica, que Cameron se sabe al dedillo.

Asteroide nos ofrece ahora Algún día este dolor te será útil (2007), en una magnífica, realmente notable traducción de Jordi Fibla. Su protagonista es James Sveck, neoyorquino de dieciocho años que dice detestar la política y la religión, que ama sólo cosas ausentes o perdidas en el pasado, como la vieja Estación de Pennsylvania (cosa que, a la vista de la nueva, no se le puede reprochar), que no comprende cómo una pareja de adultos puede tener como plan del sábado ir a ver Piratas del Caribe y que en cambio sólo desea pasar un domingo de primavera leyendo En busca del tiempo perdido, que tiene bemoles. Lo rodean una madre casada en Las Vegas por tercera vez (lo de casarse, no lo de Las Vegas), y cuyo matrimonio apenas ha durado un finde; su hermana Gillian, que ha empezado a salir con un teórico del lenguaje alemán llamado nada menos que Rainer Maria, por si había dudas; un padre ausente que habita los pasillos solitarios y los despachos de caoba de su bufete; la doctora Adler, la psicoanalista a la que envían a James para ver si, en fin, haga usted algo; y las dos únicas personas por las que James siente verdadero aprecio: John, el joven negro que trabaja en la galería de su madre, y Nanette, la abuela.

Algún día es una suerte de novela iniciática, que focaliza todo el relato sobre unas pocas semanas del verano de 2003, es decir, ese momento de inflexión en el que James deberá decidir si marcha a estudiar en la Universidad de Brown, como todo el mundo parece desear menos él, o hace qué y dónde. Sobre esa disyuntiva planean el fantasma del 11-S y unos pocos traumas personales: el divorcio de sus padres, una desafortunada broma que ha gastado a John y, sobre todo, la sombra de las dos únicas ocasiones en las que James salió de su pequeño mundo y se vio obligado a abrirse a los desconocidos: el campamento para adolescentes cuyo lema da título a esta novela y una reunión de preuniversitarios sobresalientes, “El aula de América”, de la que terminó fugándose en Washington. Todo el relato sigue una estructura diarística, en una primera persona que Cameron maneja magistralmente, con un empleo hábil del diálogo que usa del desconcierto con cuentagotas y un eficaz suspense que contribuye a que queramos seguir leyendo, para averiguar qué diablos sucedió a James en Washington, si es homosexual o no como sospechan sus padres, y si va a ir a Brown. Porque ese será el quid de la cuestión a la postre: si James, que nunca se siente “vital, despierto y en relación con el mundo”, preferirá seguir oculto en su concha, si entre su sociopatía y su percepción de que a todos los jóvenes los iguala la cultura posmoderna y sólo los adultos han adquirido cierta individualidad valiosa habrá algún resquicio para que entre la vida.

He dicho antes “magistralmente”. Porque esta novela construida desde un punto de vista único (muy a la teenager, y a cuyo héroe uno asocia inevitablemente el Holden de Salinger, aunque con menos autocompasión) se la juega ahí: el narrador de Algún día administra una percepción del mundo y un lenguaje personales, en el que tiene cabida una ironía mordaz, pero no excesiva (“Cuando no estaba ocupado en mantener los niveles de azúcar y cafeína de John…”, dice, por ejemplo, cuando explica los recados que hace para el joven galerista). También la observación del detalle: James advierte, por ejemplo, que los paseantes de los parques neoyorquinos sólo conversan cuando hay un perro de por medio, o que los miembros de su familia hablan más con su mascota que entre ellos. También la lógica simplista y apabullante de la reducción al absurdo: de un ayudante de su padre dice que “lleva tanto tiempo trabajando para él que ya no se considera un ayudante y se niega a hacer tareas insignificantes, y, como su trabajo consiste básicamente en tareas insignificantes, apenas hace nada”. En general, James Sveck es un carácter hipercrítico, que todo lo analiza, y cuyas invectivas tienen por objeto las convenciones, la mediocridad y la vulgaridad de la cultura del ocio, y que inventa fantasías sorprendentes para evadirse momentáneamente de todo ello. Por el camino, el lector encontrará certeras sátiras de las redes sociales, de la venta por Internet, de cierto elitismo propio de Nueva Inglaterra, hasta un final abierto que tendrá que leer usted, querido lector.

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