La prensa dice

19 sep
2008

A cada cual, lo que corresponde, por Manuel Arranz

El autor búlgaro Angel Wagenstein narra los avatares de un sastre judío que nació en el Imperio Austrohúngaro y terminó siendo austriaco, tras ser ciudadano polaco, soviético y del Tercer Reich: una mirada irónica y compasiva a la Europa de la primera mitad de s. XX.

«A cada cual lo que le corresponde», sabemos que rezaba la inscripción que pendía a las puertas de los campos de concentración nazis. «Honor y gloria al trabajo, ejemplo de entrega y heroísmo», era la que pendía en las puertas de los campos de trabajo rusos. Ambas máximas, a cual más cínica y cruel, escondían sin embargo secretos designios de la providencia. Esta historia se ha escrito ya muchas veces y de muchas maneras. A fin de cuentas es la historia del siglo XX, la historia de la liquidación de una época, del final de muchas cosas y del principio de nada. Y en muchas ocasiones también ha sido contada por los propios actores secundarios, que son casi siempre los que mejor perspectiva tienen tanto de lo que se representa en el escenario como de lo que pasa entre bastidores. Y no porque los actores secundarios vean mejor lo que se está cociendo en la marmita de la historia, sino porque ellos mismos son los garbanzos del cocido, por utilizar un símil culinario que estoy seguro aprobaría Angel Wagenstein, en el hipotético hipotético y remoto caso de que llegara a leer esta reseña.

Pero en El Pentateuco de Isaac, sobre la vida de Isaac Jacob Blumenfeld durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco patrias, y todo ellos sin moverse de unos pocos kilómetros cuadrados, no va a encontrar el lector un relato más de los horrores repetidos hasta la saciedad sobre los campos de concentración.

Y no porque el autor cuente la historia de manera distinta, sino porque sencillamente no la cuenta. Consciente de que otros lo han hecho mejor, consciente de la saturación de revelaciones y de que todo acaba a la postre por convertirse en un espectáculo tan deplorable como degradante, nos ahorra el relato de los hechos y nos ofrece en cambio el de las circunstancias. Y hay muchas formas de relatar las circunstancias, de provocar la condenación o la absolución de la historia, y la mayoría de ellas suelen ser injustas. «No debes juzgar sentado cómodamente en el café donde acaban de servirte un nuevo Martini con mucho hielo y una aceituna», nos reconviene el narrador.

El Pentateuco de Isaac tiene todos los ingredientes de esas historias azarosas de supervivientes de campos y batallas, pero los trata con una ternura tan especial, con una mirada tan irónica y compasiva, que la hace diferente a todas cuantas habíamos leído hasta ahora. Su autor no pretende, nada más lejos de su intención, encontrar explicaciones convincentes, lógicas o razonables de los acontecimientos que «cambiaron el rumbo de la historia», sino todo lo contrario, convencernos de que carecían de toda lógica, y de que en cualquier caso no cambiaron ningún rumbo de ninguna historia, entre otras cosas porque la historia avanza sin rumbo, aunque no exactamente a la deriva. Las guerras se van gestando poco a poco, se van incubando poco a poco, y, un buen día, cuando están maduras, estallan sin que nadie pueda ya evitarlo. También la intolerancia se va gestando poco a poco, y la mentira, y la estupidez, tan poco a poco que suele pasar por una clase superior de justicia, de hecho se la llamó «justicia de clase» durante un tiempo, y en su nombre se cometieron las mayores injusticias, como la mentira pasa por una verdad «a largo plazo», y la estupidez por una sabiduría no contaminada, una «sabiduría popular ». De manera que las «dos guerras, los tres campos de concentración y las cinco patrias» no tienen ninguna lógica, pero sí una profunda sinrazón de ser. Y de todo esto, a lo que hemos llamado las circunstancias quizás equivocadamente, hay sustanciosos ejemplos en esta gran novela que sabe tanto arrancar una carcajada en los momentos más trágicos, como encoger el corazón en los más cómicos.

En un campo de trabajo un comisario interrogaba a los recién llegados. -¿Condena y motivo? -Diez años, por decir que Stalin conducía el país a la ruina. - ¿Y tú? -También diez años, por opinar que el Breve curso de historia del partido comunista era una falsificación. -¿Y tú? -Lo mismo, diez años. -¿Por qué? -Por nada. -Mientes, se enfureció el comisario, por nada condenamos a cinco años.

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